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Opinión

Valor real

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
10 de noviembre de 2025

En un mundo donde la agudeza mental —esa réplica astuta que sabe a un aplauso fugaz— se ha tornado la única divisa de valor, se siente el error de confundir el fulgor cegador del relámpago con la solidez helada e inmutable del oro. Estas manifestaciones del ingenio, dulces al ego pero frías al tacto, solo son fuegos fatuos del intelecto; visiones espectrales que palidecen, hasta la inanidad, ante la médula real y pesada de las virtudes cardinales.

El ingenio es un truco de salón que hormiguea en la conexión neuronal; una chispa que deslumbra y pica en los ojos, sí, pero que lleva en su propia naturaleza la semilla de su extinción. La autenticidad, la profundidad que se saborea densa, la sabiduría que huele a siglos, la sustancia moral innegociable... esas son el fuego inextinguible. Es un fuego con persistencia cálida de una hoguera que ha permanecido encendida durante cien años en medio de la niebla húmeda, modelando una vida con un significado que no se esfuma con la luz del amanecer. El ingenio se deleita en la forma, en el juego de palabras que es mera prestidigitación conceptual, un sonido hueco. Es, en esencia, retórica vacía, una casa construida sobre el agua movediza, si no se ancla en el peso específico, la gravedad de algo real. Es una pirueta verbal sin consecuencias verdaderas que se siente ligera, insustancial. Esta premisa sirve como un severo recordatorio, un fantasma frío de la razón que se aparece en un mundo que ha decidido idolatrar la rapidez y el brillo superficial. Confunde la velocidad vertiginosa con la dirección correcta y el ruido ensordecedor de la feria con la música suave de las esferas. Es un llamado de atención que duele, un rechazo a la vacuidad reinante que se siente amarga, un grito ahogado que reverbera, palpable, en las habitaciones vacías de nuestra conciencia. Nos obliga a reconocer que el valor real no reside en la capacidad de deslumbrar momentáneamente con una frase ingeniosa, sino en la capacidad de habitar el mundo con verdad, con un peso moral que hunda los pies en la tierra firme, y con una comprensión innegociable de lo que, en el silencio impenetrable del alma, realmente significa ser humano. Y… por supuesto, ese silencio es a menudo lo que más nos aterra, porque en su quietud, la realidad desnuda se sienta a nuestra mesa sin pedir permiso.