Vallegrandista
El Gimnasio Vallegrande celebra su 50 aniversario, medio siglo formando jóvenes. Un legado de educación, amigos y valores que perdura, dejando huella en sus egresados.
Por Rafael Negrete Quintero Mi colegio, el colegio donde me gradué, acaba de cumplir 50 años, que no es poco. Medio siglo formando cordobeses, antioqueños, bogotanos y guajiros. Jóvenes de las más diversas procedencias que hoy escapan a mi memoria, pero no a los libros de registro. Puede que sea un poco más joven que sus rivales de siempre, pero esto no tiene por qué quitarle importancia al hecho de sobrevivir al inexorable paso del tiempo y al recambio generacional. Yo siempre lo vi más bello y moderno que los otros, en todo caso. Me dio alegría ver en la ceremonia de conmemoración varias caras conocidas. Un maestro con todas sus letras que me acercó como nadie a un tema tan ajeno a mí como lo es la química. Justo con la palabra y sencillo con el ejemplo. Certero para describir fenómenos ininteligibles. No le sobraba labia, pero tampoco le faltaba. Al pan, pan y al vino, vino. A Sergio Castro le debemos, no solo rigor académico sino también templanza para saber decirle a otros cuando están pasados, "no me jodas más la vida". ¡Épocas que no volverán! En el Vallegrande fui feliz, un valor muy importante y por el cual creo se debería medir mucho más a los colegios hoy en día. La vida es dura y uno debería poder mirar atrás y recordar con alegría los recuerdos de la infancia. Hablo desde mi punto de vista personal. El colegio supo encauzar varias personalidades díscolas a través del deporte y la perseverancia de sus maestros. Si en nuestra época hubiera existido la distinción del "Great Place to Study", la hubiera peleado sin lugar a dudas. Un legado que construyeron una pareja de educadores con tesón y esfuerzo. Unos valores que supieron heredar a su familia. Que el colegio haya sobrevivido a su ausencia habla bien de ese legado intangible que hoy se mantiene. Con cambios, por supuesto, la educación es un mundo en constante evolución, pero con una base sólida. El vallegrandista nato tiene sentido común, que como bien dice el dicho, es el menos común de los sentidos. Al Gimnasio Vallegrande le debo, además de mi educación inicial, mis grandes amigos. Un tesoro que me ha acompañado a lo largo de mi vida. Amistades de más de 30 años que valen lo que pesan, y hoy sí que pesan. Cada uno de ellos, con trabajo, ha tratado de salir adelante y, con comprensión, ha tratado de guiar a los suyos. Que en los próximos 50 años el colegio siga siendo luz para nuevas generaciones, son mis deseos y que nunca pierda ese mantra que a los egresados hoy nos hace valiosos: "Soy el mejor para el bien de los demás".