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Opinión

Uribe: símbolo incómodo de una democracia selectiva

Félix Manzur Jattin
Félix Manzur Jattin
Columnista
3 de agosto de 2025

Álvaro Uribe Vélez no es solo un nombre en la historia política de Colombia: es símbolo de un país que resistió al colapso.

Bajo su liderazgo, se recuperó la seguridad, se restauró el Estado y se dignificó la autoridad. Hoy, paradójicamente, ese mismo símbolo es juzgado en un proceso que ha dejado de ser jurídico para convertirse en político. A pesar de no haber sido vencido en juicio, ya que faltan dos instancias más, el proceso contra él ha estado contaminado por un sesgo evidente. En derecho, Uribe es inocente, pero ha sido condenado por la juez y en la opinión pública, bajo la presión de narrativas ideologizadas que olvidan su historia y sacrificio. La Fiscalía, rezagada y errática, lo abandonó en momentos cruciales, más por cálculo político que por razón de Estado. Iván Duque, quien llegó a la Presidencia con su respaldo, tuvo la oportunidad de defender el legado que lo hizo presidente. Pero su gobierno tibio, carente de firmeza y liderazgo, prefirió el silencio. Uribe fue dejado solo: sin un aparato institucional que lo defendiera y sin una fuerza política cohesionada. Mientras tanto, los procesos contra criminales de guerra, corruptos notorios y actores armados avanzan con una lentitud pasmosa. En contraste, la celeridad para procesar a Uribe revela una peligrosa tendencia: usar la justicia como arma selectiva. ¿Dónde están los mismos fiscales y jueces para investigar crímenes atroces? ¿O acaso la justicia se activa solo cuando se trata de perseguir a quien enfrentó el terrorismo? Uribe, en este escenario, es víctima. De un aparato que ha confundido justicia con revancha. De una izquierda que lo teme más ahora que nunca. Y de un centro que, fortalecido por el desgaste ajeno, capitaliza la polarización pero no ofrece soluciones de fondo. Sin esconderse, sin huir, Uribe ha comparecido con dignidad ante la justicia. Su fortaleza personal se impone sobre los ataques. Su legado, aunque discutido por algunos, es claro: fue el presidente que rescató a Colombia de la oscuridad. Y mientras la historia se ajusta a sus tiempos, millones lo seguirán viendo como lo que es: el símbolo más fuerte de la democracia colombiana.