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Opinión

Unos pollos sin suerte

Miguel Mercado Vergara
Miguel Mercado Vergara
Columnista
23 de diciembre de 2022

En Navidad, el pavo es la estrella culinaria, desplazando a gallinas y pollos. Una anécdota revela el destino de estos últimos y su valor en mercados inesperados.

Por Miguel Mercado Vergara Por estos días no hay hogar donde no se esté preparando la nochebuena. El epicentro para el convite de este crucial momento de congregación familiar es el pavo o guajolote como lo llaman en México o guanajo que es su nombre más usual por el caribe, especialmente en Cuba, que por la delicia de su carne es hoy por hoy el ave de corral más apetecida para esos ágapes por todas las familias del mundo. Por ser tan extraordinario manjar, especialmente por esta época decembrina en que es incontenible el desbarajuste gastronómico, el pavo está en la primera línea de las preferencias a la hora de llegar a manteles. No así ocurre con las gallinas cuya apetencia se reserva para los monumentales sancochos de los medios días caniculares. Igual sucede con los pollos, destinados a ser plato de primera mano para los legendarios guisos con arroz de coco a degustar en cualquier lugar donde nos coja la noche. Los pollos tienen un destino más triste y lamentable porque casi siempre se comercian en cualquier plaza donde se venden baratijas. Con un par de esos animalitos viví una historia singular. La dueña de la pensión donde me alojaba en Cartagena al inicio de mis estudios de Derecho, que es una señora de estas tierras sabaneras, llamó a mi mamá por teléfono a quien manifestó su deseo de comerse un guiso de pollo criollo de finca, criado con maíz, que no fuera de esos levantados con purina. Le rogó que se los mandara vivos en una de mis venidas a Montería. En efecto mi mamá, con la proverbial reverencia de las mujeres de estos lares, aceptó el encargo. Llegué luego de unos extenuantes exámenes en la universidad a Montería y el día del retorno me entregó los dos pollos amarrados por sus patas. Me embarqué en uno de esos famosos buses metálicos de Brasilia y coloqué los plumíferos en el pasillo, al lado de mi puesto. Imagínense ustedes el fenomenal chillido cuando todo el que pasaba pisaba los benditos pollos y el aguacero de estiércol que se formaba cada vez que aleteaban con ganas de volarse. Casi me linchan los demás pasajeros. El drama culminó cuando el bus estacionó en El Carmen de Bolívar. Un acaparador ofreció comprármelos por $1.000. Los vendí, al llegar le dije a su destinataria que se habían ahogado.