
Uno, dos… ¡Ya!

Queda poco tiempo para conocer de cuerpo entero a los candidatos. Escasas horas para lucir ingenio y malicia, destreza para jugar limpio y contener las palabras para no ofender ni mostrar soberbia. Porque nada más detestable que un soberbio. No esconde el desprecio por ideas contrarias, por la chusma, por el vulgo inepto, como decía el abuelo de los Gómez, así abrace y se tome fotos con todos. Esa malura se lava con botellones de alcohol.
El soberbio es cosa seria. Solo se ve de frente al espejo. Teme mirarse por detrás, ya que puede encontrarse con algo que le reste puntos. Se conforma con la mitad de su imagen y eso le basta y sobra para ganarse al electorado. Es, además, el soberbio un inflexible, en colombiano: un terco, un antipático, es decir, se escucha siempre a sí mismo, no ejerce la autocrítica, pero sí critica con dureza a los demás. Se muestra afable, encantador, excelente anfitrión hasta que alguien deja caer una palabreja que no cabe en su egocentrismo, que no encaja en su diccionario de la perfección, que se sale de la lista de virtudes que hablan de su fascinante personalidad. Como en algunos realities, aparecen la picardía y la astucia, la incapacidad de contenerse hasta el final y, entonces, se le revienta la hiel y brota la ironía. Qué difícil ser de buenos modales ante las presiones, la zalema, la adulación y la subyugación de los que quieren entrar "al cielo" el día de la verdad. No es fácil ser candidato presidencial. El público espera de ellos perfección, genialidad, sindéresis, lucidez, soluciones mágicas a problemas de la vereda, el corregimiento, el municipio, el departamento y la nación. Colombia es un país inmediatista y confía en que, con la ventaja de cien días que se da a los ganadores, estemos a la par de Finlandia, Suecia o Dinamarca, porque ya no fuimos el Japón de Suramérica que ofreció López Michelsen. Al elector se le olvida que el gobierno va por trochas y opositores, enemigos y corrupción viajan a gran velocidad y con los recursos para entorpecer las acciones del Ejecutivo. La corrupción no se dejó llevar a las justas proporciones de Turbay. De verdad que es muy difícil ser candidato presidencial. Tenerse que levantar a las cuatro de la mañana, acomodarse el pelo de manera que se vean peinados al anochecer. Desplazarse en bicicleta, moto, vehículo blindado o vuelo chárter y cambiar más rápido de clima que de ropa… es una jartera. Y entrada la noche, visitar noticieros, estudios de televisión y mostrarse sólidos y brillantes y tener listas frases certeras para el que no pisa el cuadrilátero. Paloma, Claudia, Abelardo, Iván, Sergio, Mauricio, Miguel, Sondra, Santiago, Roy, Carlos, clamen al cielo para que esto se despache el 31 de mayo. Quedan muchos santuarios, iglesias, templos, ruinas y plazas por visitar. Demasiados collares de arepas, diademas de plumas, retratos y ruanas por lucir. Paren ahí. No hablemos de sancocho, asados, frituras, tamales y llenuras... Mejor, ¡vamos a votar!