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Opinión

Una pensión para la informalidad

José Armando Benítez Tuirán
José Armando Benítez Tuirán
Columnista
24 de julio de 2025

Quizás sea una de esas personas que cada día frita manjares en alguna esquina o bajo el amparo de un árbol o de una carpa plástica. Esas, mujeres cabezas de hogar en su gran mayoría, que madrugan a cocer y moler y amasar maíz para preparar empanadas, a cocinar yuca y papa para hacer carimañolas, y papas rellenas. Matronas que con gran alegría nos brindan esas delicias que tanto nos gustan.

Puede ser la persona que te vende el pocillo de tinto o de aromática frente a tu trabajo o en un parque o en la calle más remota de Montería. Esos, la mayoría procedentes de Tuchín, que con alegría te llevan el aroma de un café tan necesario como caliente. No son gente de vida fácil. La mayoría son revendedores. Pues son otros los que tienen las grandes grecas donde se preparan cientos de litros de café para ser distribuidos por esos caminantes que llegan a cualquier lugar de la ciudad con el preciado líquido negro, caliente y sabroso. Quizás sea una de esas personas que cada día frita manjares en alguna esquina o bajo el amparo de un árbol o de una carpa plástica. Esas, mujeres cabezas de hogar en su gran mayoría, que madrugan a cocer y moler y amasar maíz para preparar empanadas, a cocinar yuca y papa para hacer carimañolas, y papas rellenas. Matronas que con gran alegría nos brindan esas delicias que tanto nos gustan. También puede ser aquella persona que empuja, por cualquier barrio una carreta con sus fuerzas y con la esperanza de venderlo todo lo antes posible. Esos, la mayoría hombres humildes, que han encontrado en la venta de verduras y hortalizas, una manera honrada de ganarse la vida. Esos que tienen que vocear cada producto de esquina en esquina. Esos que deben pelearse para conseguir en el mercadito del Sur buenos precios y poder ofrecer a sus clientes productos buenos y baratos. Guerreros de la vida que bajo el sol o escapando de la lluvia, te llevan los productos frescos hasta el frente de tu casa. Puede ser aquella persona que cada mañana se levanta a pasar gente de un lado a otro de la ciudad, surcando el, a veces imponente y a veces muy seco, río Sinú. Esos que con sus planchones conectan una ciudad que más que separada, está unida por un río que la baña. Podría ser cualquiera de esas decenas de miles de personas que viven del rebusque y que infortunadamente lo que ganan solo les alcanza para sobrevivir. Y más aterrador aun es que: llegarán a viejos sin lograr una pensión. ¿Será mucho pedir a nuestros congresistas que en esta última legislatura sean capaces de crear una ley que les permita de alguna manera asegurar un salario mínimo de pensión a la gente que vive de la informalidad?