
Una moral laxa

La creciente falta de respeto a las autoridades en Colombia genera caos social. Agresiones a profesores, bomberos, agentes y funcionarios son constantes, socavando el orden público.
Por Ismael Guerra de la Ossa e ha generalizado en el país, la incultura del irrespeto a las autoridades, de cualquier orden, como si pretendiéramos vivir en una sociedad caótica y sin ley donde prevalezca la anarquía y el desorden social pues obedecer a unas normas y principios se le considera opresión y atentados contra la libertad individual. Es decir, pareciera que lo que quisieran algunos fuera que toda la población hiciese lo que le diera la gana sin sujeción a ninguna regla ni parámetros que se estilan en sociedades modernas y civilizadas. Y qué decir de las agresiones que a diario se suceden contra los miembros de la fuerza pública. Por eso las cosas que se ven a cada momento en Colombia: estudiantes que agreden a sus profesores y profesoras sin contemplación ni consideración alguna; gente que la emprenden a golpes contra los integrantes de los cuerpos de bomberos y agentes de tránsito por la sencilla razón de que les hacen cualquier requerimiento; en los aeropuertos los funcionarios de inmigración son agredidos constantemente por viajeros porque les exigen los documentos que por ley deben aportar; en los centros médicos y hospitalarios el personal sufre los malos tratos verbales y hasta físicos por quienes buscan atención para sí mismos o para amigos y familiares sin que medie ninguna razón válida o culpabilidad. Y qué decir de las agresiones que a diario se suceden contra los miembros de la fuerza pública. Policías y militares en forma reiterada, son víctimas de ofensas, insultos, agravios, improperios, ataques y ultrajes de toda clase, al punto de que hasta los secuestran y les impiden cumplir su misión constitucional. Todo ello con la complacencia de quienes tienen la obligación de exigirle a la ciudadanía más respeto para las autoridades que se han instituido para preservar el orden público y social en medio de un contexto humanista y civilizado. Pero no, tales instancias de poder lo que hacen es todo lo contrario: consentir y mimar a quienes atentan contra la institucionalidad y las buenas costumbres pues para ellas el respeto a la ley y el orden, el acatamiento a unas reglas éticas, al ordenamiento jurídico y al comportamiento civilizado de los seres humanos, son cosas mandadas a recoger, añejas, jurásicas y cavernarias a las cuales no se les debe ningún acatamiento ni reverencia pues pertenecen al pasado. Todo eso, claro, aplicando una moral laxa, contemporizadora y consentidora con el caos y el crimen. Ojo, pues si seguimos así, vamos rumbo al precipicio.