
Una habitación propia para una conciencia ajena

Virginia Woolf escribió que una mujer necesitaba una habitación propia para escribir. Tenía razón. Sin independencia, sin espacio y sin libertad material, difícilmente podía existir una voz propia.
Casi un siglo después, hemos conquistado muchas habitaciones. Tenemos acceso a información ilimitada, espacios para expresarnos y plataformas desde las cuales decir casi cualquier cosa. Sin embargo, empiezo a sospechar que el problema de nuestra época ya no es la falta de un espacio personal. Es la facilidad con la que dejamos que una conciencia ajena ocupe el lugar que nos pertenece. Hay algo que me inquieta más que la polarización. .. y es la creciente renuncia a construir nuestro criterio. No porque falten herramientas, nunca habíamos tenido tanto acceso a ellas. Si no porque pensar parece haberse vuelto un esfuerzo prescindible. Cada vez resulta más sencillo delegar el juicio, adoptar convicciones prefabricadas y permitir que otros decidan por nosotros qué merece nuestra indignación, nuestra empatía o nuestro silencio. Basta con encontrar una tribu, un grupo social, un movimiento político o una fraternidad. A partir de ese momento, alguien más parece determinar a quién admirar, a quién condenar, qué palabras usar e incluso qué preguntas dejamos de hacernos. Sin advertirlo, dejamos de pertenecer a nuestras convicciones para empezar a pertenecer a nuestras identidades. Quizá por eso, con demasiada frecuencia, antes de preguntarnos si una idea es razonable, queremos saber quién la dijo. Como si el valor de una idea dependiera menos de sus razones que de quien la pronuncia. Las ideologías son necesarias. Nos ayudan a interpretar la realidad, a comprender el poder y a imaginar modelos de sociedad. El problema comienza cuando dejan de ser una herramienta para entender el mundo y se convierten en el lugar desde el cual decidimos quién merece nuestra empatía, qué mentira estamos dispuestos a justificar o qué dignidad puede sacrificarse en nombre de una causa considerada superior. No deja de resultar revelador que uno de los artículos menos recordados de nuestra Constitución sea el 95, el que habla de los deberes de la persona y del ciudadano. Mientras invocamos con facilidad los derechos que nos protegen, rara vez pensamos en las responsabilidades que sostienen la convivencia. Entre ellas hay una que ninguna Constitución puede ejercer en nuestro lugar: la responsabilidad de deliberar, responder por nuestros actos y formar un juicio propio. Ninguna norma puede sustituir esa tarea sin vaciar de sentido la libertad de conciencia que la misma Constitución protege. Quizá la libertad de conciencia sea mucho más frágil de lo que creemos. No suele desaparecer cuando alguien nos prohíbe pensar. Empieza a extinguirse cuando dejamos que otros piensen por nosotros. Al final, la mayor forma de dominación no siempre impone el silencio. A veces consigue algo más eficaz: que repitamos ideas ajenas creyendo que son nuestras. Y cuando eso ocurre, seguimos teniendo voz, pero dejamos de tener pensamiento.