
Una felicitación y un pellizco

Córdoba casi triplicó su producto interno bruto en diez años. Entre 2015 y 2025, el PIB departamental pasó de 13.7 a 33.6 billones de pesos, según las Cuentas Nacionales del Dane actualizadas el pasado 3 de julio. Es un dato que merece leerse con orgullo, y también con franqueza, porque debajo del crecimiento hay una estructura que todavía no ha cambiado lo suficiente.
Así que, después de brindar por lo que creció Córdoba, y de sentarse a ver de qué está hecho ese crecimiento, aparece el dato que más debería ocupar la conversación pública del departamento. El sector más grande de la economía cordobesa hoy no es la agricultura, ni la industria, ni el comercio, es la administración pública con el 26.1% del PIB departamental, frente al 17.8% que representaba en 2005. Es decir, es un territorio que todavía depende más del presupuesto que de su propia capacidad productiva. Esa dependencia no es un juicio sobre ninguna administración en particular, es una condición estructural que veinte años de gobiernos de distintos signos no han logrado revertir, y que conviene nombrar sin rodeos porque es precisamente lo que define el tamaño del reto que viene. Dentro de ese cuadro, hay una excepción que señala el camino. La agricultura es el único sector que ganó participación relativa en el PIB durante la última década, pasando del 11.3% en 2015 al 15.3% en 2025, con un crecimiento absoluto del 234% en ese período. Ese movimiento no es producto de una política pública aislada ni del esfuerzo de una sola administración, es una señal del mercado, el territorio está validando con cifras su propia vocación biológica. Córdoba tiene suelos, biodiversidad, capacidad hídrica y tradición productiva que el sector privado y los productores ya están aprovechando, con mayor intensidad que hace diez años. Pero el mismo dato que celebra la agricultura revela una deuda que el departamento no puede seguir difiriendo. El sector de información y comunicaciones, el más directamente asociado a la transformación digital, creció apenas un 67.5% en la misma década, casi la mitad del ritmo del PIB total, y perdió participación, cayendo del 3.0% al 2.1%. Córdoba crece con fuerza en lo que ya sabe hacer, y todavía crece demasiado despacio en lo que necesita aprender. Esa asimetría no es un detalle, es el nudo estructural que impide que el crecimiento se convierta en transformación. El estado de Paraná, en Brasil, ofrece un espejo útil para leer esta situación. Hace tres décadas, Paraná tenía una economía con una base agropecuaria dominante, dependencia significativa del gasto público y un rezago relativo en integración tecnológica, una estructura que guarda más de una semejanza con la Córdoba de hoy. Pero se dedicó deliberadamente a construir sobre esa base agrícola una capa tecnológica, por lo que a la fecha tiene 36 parques tecnológicos acreditados y más de 490 ambientes de innovación distribuidos en 65 municipios, y el resultado es que su base agropecuaria representa el 33.9% de su PIB, más de diez puntos por encima del promedio nacional brasileño. Hoy Paraná es referencia en América Latina en bioeconomía aplicada con integración digital, y su participación del gasto público en el PIB cedió terreno frente a sectores productivos privados de mayor complejidad. La lectura cordobesa de ese espejo es directa. El territorio ya demostró su vocación, el mercado lo viene diciendo con el comportamiento del sector agropecuario. Lo que falta es la decisión de formalizar esa vocación en una ruta de especialización productiva que coloque la transformación digital como capa habilitante, con un objetivo que hoy Córdoba puede enunciar en términos medibles, reducir la participación del gasto público en el PIB departamental de forma estructural y sostenida, como resultado de una economía privada que crece en complejidad. Córdoba tiene la vocación demostrada, tiene los ejemplos disponibles y tiene la urgencia señalada por sus propios números. Lo que sigue es decidir si este crecimiento es el punto de llegada o el punto de partida. Para mí son ambas, es un felicítese y pellízquese.