
Una democracia comprada

En el curso del debate electoral del pasado 8 de marzo sucedieron en varios sitios del territorio nacional episodios alarmantes que dejan al descubierto una práctica que, de años, viene ocurriendo descaradamente. Se trata de la compra y subasta de votos.
El fenómeno no es más que uno de los más graves tentáculos de la corrupción que agobia al país y lleva a opinar que nuestra democracia queda empañada en cada justa electoral y con heridas muy profundas que agravan de manera letal el buen desarrollo institucional requerido para superar los grandes males que obstaculizan el progreso que necesitamos como nación. Una democracia comprada jamás genera prosperidad porque quienes alcanzan a ganar escaños en los órganos legislativos, sea de la jerarquía que sea, no llegan allí con el propósito de servir, sino de servirse, como coloquialmente se afirma desde viejos tiempos. De manera que frente a esa inocultable realidad nada provechoso resulta para el país que se ve condenado per secula seculorum –por los siglos de los siglos– a un destino oprobioso. El atraso centenario que sufre Colombia está directamente ligado, sin duda, a la mala suerte de vivir en una democracia viciada por el fenómeno del comercio electoral, cuyo origen se arraiga en la compleja estructura socioeconómica de los grandes sectores relegados del desarrollo. La población huérfana de adecuados servicios públicos como educación, salud, vías de comunicación adecuadas, que son los básicos que se requieren para la conquista de un aceptable bienestar, siempre se mantiene vulnerable frente a los mercaderes de la política. Cómo superar el problema es la pregunta. Una respuesta inmediata sería la de establecer graves sanciones para quienes comercian con el sufragio, tanto el vendedor como el comprador. Quitar la credencial y vetar el retorno a la política a quien funge como adquirente de la voluntad del votante, sería otra, aunque de someterse el interrogante al querer popular, todos opinarían que en el encarcelamiento está el remedio. Si no se busca y se encuentra la fórmula para superar la grave dolencia de la compraventa electoral, permitiendo que nuestro sistema democrático siga subyugado a los mercaderes de la política, la conquista de vivir en un país mejor seguirá siendo una quimera y cualquier opinión que se emita para acompañar esos propósitos quedará siendo globos a la deriva.