
Una decisión democrática

Hace decenios lo que prevalecía era el sectarismo entre liberales y conservadores; en épocas nefandas se mataban entre sí y no se hablaban por órdenes superiores: se dice que, en algún momento, Carlos Lleras les prohibió a los liberales que les hablaran a los conservadores.
Hoy, cuando se impuso la vetusta dicotomía entre derechas e izquierdas, no se habla de sectarismo, sino de polarización, y entonces la expresión clara y asertiva de una convicción se considera desafiante y perniciosa. Es cuando el llamado centro político, un asunto más temperamental que ideológico, se siente ultrajado y clama porque se atemperen los discursos y se desarmen los espíritus. Hoy se elige un nuevo congreso en Colombia, y se vota por unas consultas inter o intrapartidistas. Por lo que han dicho las autoridades, el sistema electoral está blindado contra el fraude. El problema es que, por fuera, en los campos y veredas, y ahora en la burocracia citadina, como nunca, impera el criterio de los favores y la compra de votos. Hay dinero a raudales, y su origen es mixto: mafias y erario sumados, grupos armados y tributos utilizados para perpetuar a los detentadores del poder, quienes han gastado billones con ese objetivo. Es sabido que ellos, dada la nobleza de sus propósitos y la pureza de sus ideales, se autoeximen moralmente de todo: nunca responden por nada; la culpa siempre es de los otros. Frente a eso, solo queda la remembranza del sentimiento democrático que se expresó con el NO en el plebiscito de Santos, cuyo principal esbirro era, casualmente, un personajillo locuaz y engrupidor, camaleónico y sin principios, que hoy funge como un adalid de la continuidad. A él se debió la reducción del umbral de votantes al 13% y el uso del fast track, todo con el propósito de favorecer los intereses de las Farc y la ambición Nobel del mandatario de la época. Así las cosas, y ante la amenaza de una constituyente estrambótica, al país sensato, ese que no está adoctrinado ni infectado de resentimientos, no le queda más opción que apelar al sentido común: la libertad permite el futuro, la tiranía lo estrangula; la democracia, profundamente imperfecta, nos hace dignos, el totalitarismo, dentro de su arrogante rigidez, marchita cualquier esperanza y empobrece el alma. Finalmente, no es un problema de física, como diría Einstein, sino de ética. Ya veremos de qué sustancia estamos hechos… *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.