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Opinión

Un palacio en llamas

Miguel Mercado Vergara
Miguel Mercado Vergara
Columnista
7 de noviembre de 2025

Los luctuosos sucesos que por estos días cumplen 40 años cuando fue incendiado el Palacio de justicia en Bogotá rememoran el episodio de mayor impacto y trascendencia cometido contra el órgano judicial del país.

La tragedia a que el M-19 sometió a la cúpula de la justicia se conserva en la memoria nacional sin que el paso del tiempo pueda borrarla del dominio colectivo pues allí fueron sacrificados juristas selectos que le daban brillo al ámbito jurisdiccional en todos los campos. Desde entonces se debate entre los colombianos acerca de los responsables del sangriento desenlace que llevó al martirio a una nómina de magistrados que, indefensos, fueron sorprendidos en pleno cumplimiento de su deber y en momentos en que se debatía acerca del espinoso tema de la extradición, en aquellos lustros asunto de gran preocupación para una élite delincuencial que mostraba temor por el envío a los penales de Estados Unidos. Dígase lo que se quiera acerca de los señalamientos para endilgar responsabilidades de la inolvidable masacre pero quien merece la peor acusación no es más que la agrupación de asaltantes que sin calcular los resultados que arrojaría aquella intrepidez se lanzaron, metralleta y fusil en mano, a someter a unos hombres de Derecho sin armas con que defenderse y así propiciar la triste y humillante matanza que la historia no olvidará jamás ni la memoria del país admitirá como acción política o de cualquier otra denominación que quiera dársele. Los asaltantes pasaron a un triste sitial sin que nadie pueda reconocer otro estimativo que el de una salvaje acción criminal que solo dejó luto y dolor en muchas familias y rechazo total en la inmensa mayoría que para siempre repudiará el hecho como de los más trascendentales en la historia delincuencial de Colombia. Para distorsionar la realidad, se ha querido señalar al primer mandatario de entonces por no haber dado la orden de cesar la acción de las fuerzas del orden que acudieron en los instantes del asalto a defender a las víctimas. Esa postura no encaja en la dinámica de aquel episodio, pues lo más elemental era que la presencia de la autoridad no faltara en el lugar de los acontecimientos, dado que se trataba de una acción delictiva con propósitos terroristas a la que ninguna fuerza del orden podía desatender.