
Un nuevo gobierno

La ciudadanía asistió a las urnas, ejerció su derecho de participación democrática a través del voto y eligió al nuevo presidente de Colombia, el líder que dirigirá la nación durante los próximos cuatro años. El escenario político-electoral se caracterizó por la escasez de propuestas e iniciativas capaces de nutrir el debate y la deliberación pública. En su lugar, predominó la mutua satanización y las narrativas del odio, el miedo, la desinformación, las emociones exacerbadas y la violencia verbal, factores que degradaron el discurso argumentado y la esencia misma de la cultura política.
Durante meses vivimos un ambiente tenso, contaminado por la violencia verbal y simbólica, producto de la disputa electoral y amplificado por redes sociales sin control ni regulación. Convertimos la democracia en un campo de batalla, generando enemistades, disputas, señalamientos, pasiones desbordadas y sentimientos de superioridad. Todo ello dejó heridas que esperamos puedan sanar y superarse por el bien de la nación. Este debate político por la primera magistratura del Estado dejó múltiples temas para analizar: el poder de los medios de comunicación, el papel de las redes sociales y, en particular, los avances de la inteligencia artificial utilizados para incidir en la subjetividad del electorado. La campaña del candidato ganador, con un manejo mediático sin precedentes, logró movilizar emociones y posicionar un lenguaje simbólico que apeló a valores familiares, religiosos y patrióticos, conectando con amplias capas de la población sin distinción social, económica ni generacional; por su parte la campaña perdedora utilizo una estrategia más línea y marcada por la autosuficiencia. Asimismo, influyó la presencia de gobiernos regionales, como el de Estados Unidos. La campaña triunfante irrumpió con un formato validado en otros países de la región: un candidato definido como outsider, que planteó nuevas formas de hacer política al "margen de los partidos tradicionales", convertidos en maquinarias y clientelas electorales para subsistir. Las estrategias mediáticas se centraron en la manipulación y orientación de emociones. Ambas campañas movilizaron a su electorado y al censo en general. El resultado fue un ganador por estrecho margen, quien ahora tiene la responsabilidad de conducir el país durante los próximos cuatro años. El nuevo presidente recibe una nación dividida y polarizada, que exige ser escuchada para vivir y convivir en dignidad. Su mandato es claro: gobernar integrando, reconociendo y dialogando, para superar odios y resentimientos. En este sentido, el nuevo gobierno debe ser consciente de haber alcanzado unas mayorías con una corta y ajustada diferencia; en donde gobernará un país profundamente dividido: en lo electoral, social, económico, cultural y geográfico. Esperamos que el gobierno entrante haga del diálogo y entendimiento, referentes racionales que impulsen la deliberación pública y tramite los desencuentros para convivir pacíficamente. Compitieron dos visiones de país y una fue la vencedora; ahora necesita coexistir democráticamente; lo que exige acuerdos mínimos para continuar avanzando alrededor de las transformaciones que demanda y necesita la ciudadania. Lo que significa, fortalecer la democracia; tarea nada fácil en un país polarizado, dividido y fragmentado; pero sí, un propósito para insistir y persistir por el bien de la nación. Igualmente, necesitamos una oposición que defienda sus propuestas y agenda programática; con argumento e iniciativas que respondan a los controles del ejercicio del poder; una oposición que haga contrapeso y con garantías constitucionales para ejercerla. No olvidemos, que en los sistemas democráticos existe la alternancia en el poder; es decir, quienes hoy gobiernan, mañana pueden ser oposición y viceversa. Por consiguiente, necesitamos oposición para defender sus tesis, ejecutorias sociales y hacer control político en democracia y, quienes gobiernan ofrezcan las garantías para ello. La oposición defenderá las reformas alcanzadas e impulsará las postergadas. Una oposición representada en fuerzas de izquierda y progresistas, con una importante bancada en el Congreso; además, un respaldo popular de la mitad del país; lo anterior, garantiza un escenario de gobierno-oposición; necesario para nuestra democracia. En consecuencia, sería importante reconocer, que el gobierno saliente impulsó iniciativas y reformas sociales que develaron las amplias e históricas inequidades que padece gran parte de la población nacional; alcanzando el reconocimiento y apoyo de amplios sectores sociales; quienes defenderán apoyaran el ejercicio de la oposición. Por consiguiente, el nuevo gobierno debe priorizar en las reformas sociales postergadas y necesarias para construir una nación justa, equitativa y con justicia social. Esperamos los colombianos del nuevo gobierno; continuar impulsando al país, por una senda de progreso y desarrollo social con equidad y justicia social.