
Un nosequién

El pronombre encabeza a la existencia. La borra. Oír en una conversación casual la fórmula despectiva "un nosequién", desata un fenómeno singular en la vigilia cotidiana. Aquel sujeto despojado de apellido abandona de inmediato su solidez molecular. Sus pies dejan de presionar el moho de las calles. Los recuerdos se mudan a las copas de los árboles, confundiéndose con el susurro de la brisa matutina.
La mención vaga opera una alquimia inversa. Transforma un cuerpo de hueso respiratorio en una exhalación de ceniza suspendida. Quien recurre a esa sentencia busca imponer una distancia higiénica, trazar un lindero invisible entre su propia familia con nombre registrado, la nada de los otros. El lenguaje es un andamio selectivo. Un vocablo preciso eleva catedrales duraderas. Adjetivos desprevenidos disuelven continentes enteros en un guiño de párpados cansados. Ignoramos el peligro velado detrás de estas mutilaciones verbales. Al restarle claridad a un semejante, modificamos gravemente el peso de la atmósfera común. El aire se vuelve denso, cargado de esbozos truncos vagando de espaldas, buscando sus rostros perdidos en los fosos profundos de agua pluvial. Los vocablos poseen hilos invisibles enlazados directamente a las raíces más profundas del mundo subterráneo. Hablar esos filamentos con soberbia desata mareas silenciosas en sótanos ajenos, hace brotar flores transparentes en los techos de las cocinas donde viven los seres olvidados por el censo oficial. La memoria colectiva adolece de una porosidad alarmante. Aprobar que la identidad ajena se esfume bajo el sol del desdén amaina la red mística que nos lleva a flote sobre el abismo del olvido absoluto. Ese ser etiquetado con el cuño del anonimato podría ser el guardián secreto de los propios sueños nocturnos, el artesano encargado de hilar pacientemente el revés de nuestros días luminosos. Abandonar su peso definido equivale a vaciar los océanos mundiales cucharada a cucharada. Recuperar la reverencia ante cada presencia es una acción de resistencia, fuerza íntima. Pronunciar los nombres con su caligrafía completa devuelve la fijeza necesaria a las sombras errantes. La próxima vez que surja la tentación del desprecio lingüístico, es necesario guardar un silencio devoto. El universo entero observa atento desde las grietas oscuras de las paredes coloniales. Cada sílaba omitida labra un vacío irreparable en el gran lienzo del destino humano, ese paraje compartido donde todos vivimos la misma duermevela eterna. Nuestros nombres sostienen el cielo. Nombramos con nitidez obvia la caída definitiva del mundo entero.