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Opinión

Un mandato perdido: entre chimoltrufiadas, escándalos, corrupción, golpes blandos, y guerrillas

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
29 de octubre de 2024

Gustavo Petro, en 25 meses, decepciona. Improvisación, discurso incoherente y polarización marcan su gobierno, según el análisis. Colombia exige soluciones reales ante la ineficiencia.

Por Silverio Herrera Caraballo Colombia, un país lleno de potencial y con la capacidad de ser un referente en la región, ha tenido la mala suerte de caer en manos de un gobierno que, lejos de representar el cambio prometido, ha llevado al país por el camino de la improvisación y la ineficiencia. El presidente Gustavo Petro, en sus 25 meses de mandato, ha demostrado que gobernar le ha quedado grande. Su ADN guerrillero parece ser una barrera insalvable que le impide asumir la responsabilidad de dirigir una nación que, con gran esperanza, le confió su futuro. El reciente discurso en la inauguración de la COP16 es otro ejemplo de lo absurdo y desconectado que está el mandatario de la realidad nacional e internacional. Un discurso incoherente, plagado de promesas vacías y lleno de divagaciones que más que soluciones, nos deja una sensación de que estamos siendo gobernados por alguien que no tiene ni la más mínima idea de cómo llevar adelante un país. Petro ha vuelto a demostrar que su retórica es su mayor herramienta, pero su ejecución es su mayor debilidad. Su estilo de gobierno se asemeja más a una chimoltrufiada, como decimos coloquialmente, "así como dice una cosa, dice otra". Un día nos habla de paz, pero sus acciones dicen lo contrario. El manejo de los diálogos con el ELN, los acercamientos con grupos armados y sus políticas ambiguas sobre la seguridad solo evidencian una estrategia fallida y un desconocimiento profundo de la realidad colombiana. Petro habla de justicia social, pero mientras tanto, miles de colombianos siguen sumidos en la pobreza, la inseguridad aumenta y las oportunidades laborales se desploman. El problema no radica solo en su incapacidad para gobernar, sino en la constante polarización que ha alimentado durante todo su mandato. Petro nunca dejó de hacer campaña, y eso ha tenido consecuencias devastadoras. En lugar de gobernar, se ha dedicado a crear enemigos ficticios y a generar confrontaciones inútiles. Su discurso sobre golpes de Estado y "enemigos del cambio" no es más que una cortina de humo para ocultar su ineficiencia. Mientras sigue divagando en sus teorías conspirativas, Colombia sigue esperando soluciones reales a sus problemas. Lo más preocupante es que el presidente Petro ha tenido todas las oportunidades para marcar la diferencia. Se le brindó la confianza para liderar un cambio, pero su ADN guerrillero y su incapacidad para desprenderse de su pasado no le han permitido tomar decisiones coherentes y efectivas para el país. Gobernar es mucho más que lanzar consignas populistas, y Petro parece no haber entendido eso. Afortunadamente, el tiempo para que "cese la horrible noche" se está acortando. Colombia merece un verdadero cambio, uno que no esté basado en la improvisación y las promesas vacías, sino en la capacidad real de enfrentar los problemas del país con soluciones claras, efectivas y responsables. Petro ha desperdiciado la oportunidad de ser un mandatario que marque la historia, y Colombia no puede permitirse seguir en este camino de incertidumbre y caos. Es momento de que el país mire hacia adelante, hacia un futuro en el que, de verdad, podamos decir que el cambio ha llegado. No podemos seguir siendo víctimas de discursos vacíos y políticas mal diseñadas. Colombia merece un liderazgo que esté a la altura de sus desafíos.