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Opinión

Un delirio en extinción

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
14 de junio de 2026

Es probable que los sueños revolucionarios hayan entrado en una fase definitiva de consumo Las tomas del poder por las armas van siendo cada vez más lejanas. Aquel heroísmo encarnado en el fusil y la metralla, que trituraba vidas a su paso, parece estar agonizando. Hoy solo quedan gemidos que se expresan en "estallidos sociales", que surgen de los socavones del odio, madriguera de la lucha de clases.

Nuestra civilización (la cultura occidental) proviene de una mezcla evolutiva del paganismo de la antigüedad, la fe judeocristiana y la Ilustración francesa, que, enriquecidas con el humanismo renacentista y la ciencia contemporánea, han dignificado la existencia del hombre. Por supuesto que en nada ha cambiado la naturaleza humana, que es la misma desde los tiempos de la Ilíada y la Odisea, pero el progreso basado en la libertad y la inteligencia científica ha permitido conocer mejor las capacidades de quienes habitamos, por un accidente de la biología, este discutible y doloroso mundo. No hay que sublimar las revoluciones. La francesa nos dejó el terror y la guillotina, que acabaron con los reyes y sus propios patrocinadores, Robespierre y Danton, y la dictadura de Napoleón, quien solo obedecía las admoniciones de Josefina, su mujer. La americana, en cabeza de Simón Bolívar, terminó con la fragmentación geográfica de su fantasía, plagando este subcontinente de instituciones ajenas a la tradición hispana, implantándole, como si fueran de silicona, leyes aquí y allá que no tenían relación con las proporciones del cuerpo triétnico que nos habita. Nos pusimos de moda sin haber comenzado a vivir con independencia. Tengo la impresión de que el "pueblo" está buscando otro cauce. Países distantes y ajenos a nuestra idiosincrasia, como China y Rusia, vienen de regreso del delirio revolucionario. Hoy viven de las glorias y miserias del capitalismo, aunque todavía se aferran a su pasado despótico en manos de camarillas excluyentes. El legado de Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Daniel Ortega en América Latina es deplorable. Sus herederos políticos están dedicados a la extorsión y el narcotráfico, y sus países han perdido la autonomía, sometidos al protectorado o al estrangulamiento del imperio. Mientras tanto, aquí tenemos a Aureliano, como dijo un editorial de El Colombiano, desvariando, a la espera de que alguien lo amarre a un castaño, como hicieron con José Arcadio Buendía cuando comenzó a proferir disparates y locuras.