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Opinión

Un compromiso compartido para proteger la vida

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
15 de octubre de 2025

En Montería hemos visto avances animadores: desde 2022 hasta 2025 la ciudad ha realizado 8.765 tamizajes en jóvenes de entre 10 y 18 años a través de la estrategia Prevenir para Vivir Sanamente, con detección de alertas tempranas en salud mental que permiten actuar antes de que los problemas se agraven.

También ha disminuido la cifra de suicidios: según el informe municipal, entre enero y septiembre de 2025 hubo 12 casos, frente a 23 en el mismo período de 2024, lo que representa una reducción del 47,8%. Para septiembre de 2025 se reportó un suicidio, frente a siete el mismo mes del año anterior, es decir, una caída del 85%. Esto no debe ser motivo de relajación, sino de reconocer que la salud mental es una responsabilidad compartida. No es tarea exclusiva de los prestadores de salud ni de los entes territoriales garantizar el bienestar emocional. La comunidad, las familias, los vecinos y las organizaciones sociales también tienen un papel decisivo. La salud mental empieza en los espacios donde vivimos, estudiamos, trabajamos y nos relacionamos. Las autoridades locales están haciendo su parte, y seguro harán más: estrategias de detección temprana en colegios, líneas de sistemas de emergencias en salud, campañas de sensibilización, alianzas con instituciones educativas, construcción y adecuación de espacios que invitan a la actividad física y al sano esparcimiento. Pero sin una sociedad comprometida, estos esfuerzos pierden impacto. Cada persona puede marcar la diferencia: estar atentos a señales de angustia, depresión o ansiedad en amigos o familiares, acompañarlos o motivarlos a buscar ayuda profesional, evitar la estigmatización y apoyar a quienes siguen un tratamiento. En muchos casos, esas pequeñas acciones son el puente que evita desenlaces trágicos. La indiferencia, en cambio, puede ser tan dañina como la violencia misma. Las comunidades tienen una fuerza enorme cuando se organizan para cuidar. Los líderes comunitarios, docentes, comerciantes y vecinos pueden forjar redes protectoras si saben escuchar, orientar y conectar a quienes necesitan apoyo con los servicios disponibles. La solidaridad, la empatía y la palabra oportuna pueden ser herramientas de salud pública tan valiosas como cualquier medicamento. Las empresas también importan: Un ambiente laboral sano, que valore el bienestar emocional, con espacios para hablar sobre salud mental y programas de apoyo psicológico, puede reducir mucho el daño que genera el estrés, la sobrecarga, el aislamiento u otras situaciones. La productividad se fortalece cuando las personas se sienten cuidadas. Los medios locales de comunicación también han contribuido en la tarea: mayormente han informado con responsabilidad, visibilizado las rutas de atención y promovido mensajes que fomenten la búsqueda de ayuda, en lugar de reproducir estigmas. No todos lo hacen, pero hay una mejora sustancial. Montería tiene razones para la esperanza, pero también retos: que las comunidades se sigan reconociendo como parte de la solución. Apostemos por la vida, desde lo individual hasta lo colectivo.