
Un Botero en el linde de la eternidad

Descifrar la obra de Fernando Botero implica entender su genio, explorando el exceso de líneas y volúmenes. Su arte desafía conceptos, fusionando lo mítico con lo real.
Por Valmiro Sobrino Oliveros Entender la obra pictórica y escultural del maestro Fernando Botero no es fácil, como tampoco lo será entender la de Van Gogh, porque lo que subyace en el mutismo de la obra de arte es el genio del artista; porque toda obra de arte va impregnada siempre de las notas esenciales que el artista con su genio es capaz de imprimirle como característica propia y única de su capacidad de creación, ínsita en su alma como lo hizo Fernando Botero en el exceso casi demencial de la línea y el contorno de sus pinturas y esculturas. Lo mismo ocurre en la poesía y en la música de todos los tiempos como lo fue Apolo como representante de la armonía cósmica cuando tocaba su lira dorada de ocho cuerdas en un acto introspectivo en el edén de las musas. Así Botero, al igual que la lira dórica, tenía en su paleta el cromatismo del universo y en su taller los cinceles para tallar figuras opulentas que desafiaron los conceptos primigenios del hombre terrenal, porque sus concepciones del volumen y la euritmia de sus proporciones subyacían, no en el mundo de los mortales, sino en el espíritu insondable del artista. ¿Cuáles eran las contradicciones del espíritu que se concitaban en el alma de Van Gogh cuando pintó La Noche Estrellada en su habitación del sanatorio mental de Saint Paul en Saint-Rémy? ¿Representa este lienzo lo que el artista imaginaba esa turbulenta noche? ¿Cuando Fernando Botero pintó La Familia Presidencial, tenía acaso como referencia de su obra Las Meninas de Velásquez? ¿En Camera Degli Sposa (1961) se encuentra el fundamento de su expresionismo abstracto que luego evolucionó hacia una concepción de formas muy particulares? Es esta obra que he citado quizá, la que por su tratamiento impulsivo de los colores y de "monstruos engendrados por campesinas italianas" (de la época de Mussolini) la que pudo ser el anuncio de lo que posteriormente sería determinante en la producción pictórica del artista. Y es allí, en ese terreno esotérico pero fecundo, donde el artista encuentra su verdadera liberación, en ese espacio insondable del arte donde se confunde lo mítico con lo real y entonces un artista como Botero, se deja llevar en los brazo de la inmortalidad como el amante exhausto reposa en los brazos placenteros de su amada.