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Opinión

Turno de sábado

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
15 de diciembre de 2024

Los médicos se enfrentan a cambios inciertos en su labor, lidiando con dolor, muerte e impotencia. Entre jornadas extenuantes, buscan humanismo y conocimiento para aliviar el sufrimiento.

Por Álvaro Bustos González Que los tiempos cambian, suele decirse. Y es cierto, pero nadie se pregunta si para bien o para mal. A veces, sin duda, los cambios son benéficos; en otras ocasiones, sin embargo, terminan siendo letales. Dormimos en el hospital cada cinco días, y si el turno cae en fin de semana o festivo, estamos ahí durante 24 horas atendiendo lo que disponga el azar, porque las actividades médicas asistenciales no se pueden prever, como en una bitácora. Convivimos permanentemente con el dolor, el riesgo de la muerte y la muerte misma; sufrimos íntimamente por la evolución inesperada de muchas enfermedades y algunas veces nos sentimos impotentes, sin un dios a quien dirigirle derechos de petición y mucho menos entutelar. Las horas de sueño no nos preocupan. Ya sabemos que en los centros de atención primaria nada resuelven y que, por órdenes superiores, todo deben remitirlo al tercer nivel. Lo curioso es que lo hacen a la media noche, sin que haya, casi nunca, una justificación plena, por lo que se presume que en esas decisiones, que no tienen en cuenta el sentir de las familias y la ansiedad de los niños enfermos, hay gato encerrado. Nuestra vida profesional no está regida por anexos técnicos: crecimos a la sombra de una vocación, con deseos de aprender en todo tiempo y lugar, y sólo aspiramos a encontrar en el camino mentes lúcidas que nos ayuden a pensar y pacientes comprensivos que nos enseñen algo sobre el amor a la vida. No tenemos horarios fijos. Leemos a cualquier hora, nos levantamos sin protestar, no nos importan las ojeras y, la mayoría de nosotros, tiende a rendirle cuentas a su conciencia. Somos médicos, y tratamos de cumplir deontológicamente con nuestra misión, sin precondiciones. No somos un sindicato; tampoco un club de compadres. Entendemos que nuestra profesión es, fundamentalmente, un humanismo, y que nuestro deber primordial es aliviar el sufrimiento. No nos deslumbra el último artículo ni las modas, que siempre son pasajeras. Sabemos que el conocimiento de origen científico está lleno de conjeturas, y que la ciencia sin humanidad no pasa de ser una ataujía. Así y todo, tenemos tiempo para revisar publicaciones científicas recientes y dedicarle unas horas a las Meditaciones de Marco Aurelio y a Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg, la italiana que habló de Londres con una sabiduría quirúrgica, mezcla de arte y osadía. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.