
Trump y las deportaciones masivas

Donald Trump, con discurso xenófobo, contradice su historia familiar inmigrante. Marco Rubio, descendiente de asilados, apoya políticas que criminalizan la migración.
Por Félix Manzur Jattin El presidente Donald Trump, símbolo de la demagogia autoritaria, ha vuelto a encender el miedo con su discurso sobre deportaciones masivas. Irónicamente, sus abuelos fueron inmigrantes. Friedrich Trump, su abuelo paterno, llegó a Estados Unidos huyendo de la pobreza de Alemania. Se dedicó a negocios oscuros en el oeste americano, incluso manejando burdeles. Su historia contradice la narrativa racista y xenófoba que hoy defiende su nieto. A esto se suma la hipocresía del senador Marco Rubio, descendiente de cubanos que encontraron asilo en EE. UU. por razones políticas. Hoy, Rubio apoya políticas que criminalizan a quienes, como sus abuelos, huyen del hambre o la represión. Su incoherencia revela una traición moral a su propia historia familiar. El endurecimiento de leyes migratorias golpea a miles de colombianos que trabajan honradamente en Estados Unidos. Según estimaciones, más de 200.000 podrían ser deportados si se reactiva una política de persecución indiscriminada. Muchos de ellos huyeron de regiones donde imperan la violencia, el narcotráfico y la falta de oportunidades, males alimentados por gobiernos corruptos y dictaduras veladas. La migración no es un crimen; es el grito de auxilio de pueblos marginados por un sistema global desigual. Trump no ataca las causas, sino las consecuencias. Mientras se recortan fondos para salud (Obamacare), educación (universidades), y organismos internacionales como la OMS, se invierten millones en muros y redadas. En ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Chicago, crecen las protestas contra estas políticas inhumanas. Estudiantes, religiosos, activistas y ciudadanos conscientes levantan su voz por la dignidad del inmigrante. La crisis económica post-pandemia ha exacerbado el odio al diferente. Pero la verdadera solución no está en cerrar fronteras, sino en construir puentes de solidaridad y justicia. Trump olvida que su apellido fue extranjero, su historia inmigrante, y su éxito una deuda con ese país que acogió a sus ancestros. Hoy, deportar es también olvidar. Olvidar que América fue forjada por inmigrantes. Y que sin ellos, su grandeza sería solo una ilusión escrita con tinta de odio.