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Opinión

Triste semana 

Édgar Arrieta González
Édgar Arrieta González
Columnista
10 de abril de 2023

Hace 1990 años, el mundo conmemoró la muerte de Jesucristo, figura central del cristianismo. El artículo reflexiona sobre su legado de amor y paz, y su cumplimiento en la sociedad actual.

Por Édgar Arrieta González Esta semana, llenos de dolor y nostalgia  los creyentes de la existencia de un Dios, al recordar  que hace 1990 años murió masacrado su hijo espiritual;  el hombre  más importante que ha existido en este  mundo: Jesucristo. Sus acompañantes, los apóstoles, eran   gentes pobres y humildes y con ellos quiso cambiar las injusticias e inequidades de su momento histórico y  quedaran como ejemplo a través  de los siglos para bien de la humanidad: sus mensajes de paz y amor, pues, como hijo espiritual de Dios vino al mundo a redimirlo y salvarlo del pecado, dando ejemplo sin vanidades ni prepotencia ante sus seguidores pregonando el amor al prójimo como requisito único para obtener la salvación y vivir en gracias del Creador.  Lastima que pocos en este mundo pongan en práctica sus mensajes. El mensaje de Cristo, desafortunadamente algunos lo han acomodado a sus intereses personales, económicos y políticos, aquellos que se desgarran las vestiduras afirmando hipócritamente ser los escogidos por el Señor como multiplicadores de sus mensajes de amor y paz, olvidándose que el cristianismo exige  para la consecución de la vida eterna la realización plena del ser humano en la vida presente, ya que la esencia es el amor al prójimo y ese amor está en la realización del hombre social e individual centrada totalmente en él; pues, existen tantos que se hacen llamar cristianos, que cumplen al pie de la letra la celebración del culto externo, pero, que no cumplen los postulados de Cristo y recitan de memoria las enseñanzas bíblicas poniéndolas a favor de sus intereses personales. Es en extremo difícil ser verdaderamente cristiano cuando teniendo facilidades  se desconocen las múltiples necesidades de las comunidades vulnerables que tanto necesitan de aquellos que se ufanan  de vivir para su prójimo. San Pablo claramente expresó "el que ama a su prójimo cumple con la Ley Divina". En estos momentos en que nuestra sociedad se encuentra atravesando una descomposición social aberrante (corrupción oficial, violaciones sexuales, masacres, drogadicción, violencia, asesinatos) se hace necesario y urgente que se unan todas las iglesias y pongan en práctica sus postulados: amar al prójimo, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento y vestir al desnudo y luchen por alcanzar una convivencia plenamente cristiana en paz y armonía, ya que son el instrumento ideal para ello. Tengamos presente: el cristianismo no se predica, se practica.