
Treinta por ciento: La comodidad de la desigualdad

Treinta por ciento. Ese es el número que seguimos repitiendo cuando hablamos de representación femenina en los espacios de poder en Colombia. Treinta. Mientras tanto, México ya alcanzó el 50%. Y no porque las mujeres mexicanas sean más capaces que las nuestras, sino porque su país decidió dejar de posponer la igualdad.
Aquí seguimos justificando lo injustificable. Nos llenamos la boca con discursos sobre equidad, ratificamos tratados, proclamamos reformas, pero los números siguen congelados. La paridad se volvió un tema de agenda, no de acción. Una promesa de campaña más. Y lo más grave es que nos acostumbramos. Normalizamos ver salas de decisión llenas de hombres. Aprendimos a aplaudir "avances" que no alcanzan, a aceptar que el 30% era suficiente. La Ley 581 de 2000, conocida como la Ley de Cuotas, fijó ese porcentaje mínimo hace más de dos décadas. Pero lo que en su momento fue un paso histórico, hoy es un techo que no hemos querido romper. México actuó diferente. En 2014 incorporó el principio de paridad a su Constitución. En 2019, con la reforma "Paridad en Todo", fue más allá: estableció que el 50% de los cargos de decisión en todos los poderes del Estado, en todos los órdenes de gobierno, en organismos autónomos y en candidaturas de partidos políticos deben ser para mujeres. No son sugerencias. Son mandatos constitucionales. Y aquello que parecía imposible, hoy es realidad. La ausencia de mujeres no es solo un problema de cifras, es un problema de mirada. Cuando no estamos en la mesa, las decisiones se toman sin nosotras. Cuando las decisiones se toman sin nosotras, se legisla sin entendernos, sin escucharnos. Así se diseñan políticas que no miran a las madres cabeza de hogar, que ignoran las violencias que viven en silencio, que no comprenden que la igualdad no se decreta desde un escritorio: se construye en la vida real, en los espacios donde estamos todas. ¿Qué nos detiene a nosotros? No es falta de talento ni de preparación. Las mujeres colombianas hemos demostrado una y otra vez que podemos, que merecemos estar en esas mesas de decisión. Lo que falta es voluntad política real, esa que se mide en coherencia, no en palabras bonitas. Una voluntad que se traduzca en reformas constitucionales serias, en presupuestos destinados a garantizar la paridad, en fiscalización real de su cumplimiento. Mientras tanto, las niñas siguen creciendo sin ver suficientes referentes. Sin imaginarse sentadas en esas mesas donde se toman las decisiones que las afectarán, las moldearán, las limitarán o las liberarán. Y ese silencio, ese vacío, pesa más que cualquier porcentaje en una ley que no se cumple. Colombia tiene una deuda con sus mujeres. No queremos cuotas. Queremos poder decidir, opinar y transformar. Queremos un país donde la igualdad deje de ser promesa y se vuelva práctica. Porque la pregunta ya no es "¿cuándo será posible?", sin "¿hasta cuándo seguiremos esperando?"