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Opinión

Taurocavilaciones

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
13 de octubre de 2024

En la corrida de la hispanidad en Las Ventas, el autor reflexiona sobre la tauromaquia, la medicina y la condición humana. Un análisis crítico y personal de la realidad.

Por Álvaro Bustos González* Ayer vi en Madrid, en la Plaza de Toros de Las Ventas, la corrida de la hispanidad. El 12 de octubre sigue siendo una fecha memorable para nosotros. La leyenda negra que nos han creado los metarrelatos habituales, con fines ideológicos, no nos hacen mella a los amantes del barroco español. En la cúpula de la pirámide del sol, en Teotihuacán, vi el platón donde los aztecas les sacaban el corazón a sus niños para ofrendarlos a sus dioses y dejar escurrir la sangre escalones abajo con el objetivo de fertilizar los campos aledaños. Un horror. Comparecieron Miguel Ángel Perera, quien había salido seis veces por la puerta grande, y Emilio de Justo, quien lo había hecho en cuatro ocasiones, para lidiar un encierro de Victorino Martín, la legendaria ganadería de cárdenos provenientes del encaste Albaserrada, cuyas caras de rata y movimientos rápidos en busca de las zapatillas obligan al torero a la mayor de las destrezas neuromusculares y artísticas. Entre toro y toro cavilaba yo sobre la medicina, la condición humana, la ciencia, los embelecos y las modas, y me preguntaba por qué hay gente que piensa que la medicina es una ciencia, cuando no es más que un humanismo cuyas armas más sofisticadas radican en la historia clínica y el examen físico, y no en las pruebas diagnósticas, que deben ser utilizadas de manera restrictiva, individualizando su necesidad para resolver dudas entre problemas que se parecen. Y llegaba a la conclusión de que el problema surge de no entender que la ciencia es eminentemente conjetural, porque cada problema resuelto aumenta el tamaño de las incertidumbres: de ahí que los médicos no debamos enrumbar al paciente por el camino de la solicitud indiscriminada de exámenes de laboratorio que lo someten a procedimientos innecesarios y a gastos superfluos que en nada le hacen honor al principio bioético de la justicia distributiva. También me preguntaba qué pasa en el cerebro de quienes únicamente acogen como válidas las confidencias negativas, las intrigas o los comentarios mal intencionados; de qué padecen los que amparan a ciegas a los que posan siempre como víctimas de algo, y de qué sufren quienes no son capaces de pensar, ante cualquier referencia insidiosa, quién lo dijo, de qué manera y con qué intención. Cuando volvía en mí, seguía abstraído y deslumbrado por la belleza de la fiesta brava. Estaba en la catedral del toreo. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.