
Sororidad: Mujer, esto es en serio

Dicen que la amistad es un divino tesoro. Y no se equivocaron. La verdadera amistad es uno de los bienes más valiosos que se pueden tener en la vida. Es escasa, silenciosa y profunda. Acompaña sin invadir, sostiene sin exigir, celebra sin competir. No necesita mostrarse ni validarse en público; se demuestra cuando nadie está mirando.
Hay personas encantadoras, agradables, con las que compartir es fácil y reír se vuelve un arte. Con las que se crean vínculos que parecen reales, que relucen durante un tiempo, que se sienten honestos e incluso necesarios, pero que en realidad son un engaño. Como todo lo que no es auténtico, tarde o temprano se desmorona. Y cuando eso ocurre, duele. Pero también aclara. Muchas de estas conductas nacen de lo más oscuro: la envidia de lo intangible. La paz que no se puede robar. La estabilidad que no se puede comprar. La luz que alguien irradia y que, cuando no se puede construir desde adentro, se pretende arrebatar desde afuera. Se escucha con absoluto descaro cómo algunos llaman amor a pasar por encima de los demás. Y no: eso no es amor. Eso es la ausencia de todo lo que debería sostener cualquier vínculo humano. La amistad verdadera tiene límites claros, aunque no estén escritos. Hay líneas que no se cruzan. Conductas que ni siquiera se contemplan. Traicionar a una amiga metiéndose con su pareja es una de ellas. No es confusión. No es debilidad. Es una decisión consciente que rompe el alma y destruye un pacto elemental: el respeto por el otro, por su hogar, por su dignidad. Y que quede claro: no es responsable quien abre su casa, quien confía, quien cree. Los únicos responsables son los que traicionan y, hablando de amistad, la “amiga”. Aquí es donde la sororidad deja de ser una palabra bonita y se convierte en una responsabilidad real. Desde ese lugar en el que una mujer reconoce el dolor de otra, aunque no comparta su historia ni conozca su nombre. Porque hay momentos en los que, como género, no podemos guardar silencio. Ser sorora no es encubrir ni justificar lo injustificable. También es decir "esto está mal", marcar posturas claras y asumir que hay conductas que merecen una sanción moral, no para destruir, sino para evitar que lo inaceptable se normalice. Esa claridad ética a veces incomoda. Vivimos en una cultura que invita a ser polite, a suavizarlo todo en público y comentar en “privado”. Pero no. Lo que está mal debe decirse, especialmente cuando ciertas conductas no solo dañan a una persona, sino a sus hijos, a su núcleo familiar. Por eso, mujer, esto es en serio. Hay líneas que no se cruzan. Hay conductas que merecen rechazo. Como género, hay cosas que no podemos aceptar ni callar. La sororidad también es decirlo, y en voz alta.