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Opinión

Sociedad pobre para dominarla

Félix Manzur Jattin
Félix Manzur Jattin
Columnista
9 de diciembre de 2024

Estrategias socialistas y comunistas emplean la pobreza como arma de control: debilitan la economía, reprimen el disenso y adoctrinan. Venezuela, Cuba y Corea del Norte son ejemplos de esta opresión.

Por Félix Manzur Jattin Las estrategias socialistas y comunistoides para subyugar a los pueblos a través de la pobreza siguen un patrón calculado: debilitar la economía, controlar los recursos y reprimir el disenso. Crear un estado parasitario. Que todo dependa del estado y del mesías demagogo, mentiroso, populista. Estas tácticas han sido utilizadas en diversos regímenes que, bajo la promesa de igualdad, han perpetuado la miseria como herramienta de dominación. El control económico es la base de estas estrategias. Los gobiernos implementan políticas que destruyen el aparato productivo: nacionalización de empresas, expropiaciones arbitrarias y desincentivos a la inversión. Esto genera desempleo, inflación y desabastecimiento, obligando a la población a depender del Estado para sobrevivir. Venezuela es un ejemplo emblemático: un país rico en recursos naturales reducido a una crisis humanitaria por décadas de políticas populistas y corruptas. La censura y la persecución consolidan el control. Los regímenes instauran leyes mordaza y monopolizan los medios de comunicación para sofocar voces críticas. Los opositores políticos y sociales son encarcelados o forzados al exilio, como ocurrió en Cuba, donde el régimen castrista ha mantenido una férrea dictadura durante más de seis décadas. La información se manipula para adoctrinar a la población y eliminar cualquier posibilidad de resistencia organizada. El adoctrinamiento ideológico es otra herramienta clave. Desde la educación hasta la propaganda diaria, los regímenes inculcan la narrativa de que el líder es el salvador y que la pobreza es un sacrificio necesario para alcanzar la utopía socialista. En Corea del Norte, esta estrategia ha mantenido a generaciones enteras aisladas y sometidas, mientras la élite disfruta de privilegios desmedidos. Además, estos gobiernos fomentan la división social, enfrentando a pobres contra ricos, trabajadores contra empresarios. La narrativa de lucha de clases alimenta el resentimiento, creando un ambiente de hostilidad que impide la unidad popular contra el régimen. La pobreza, lejos de ser un problema a resolver, se convierte en el mecanismo para controlar a las masas. Una sociedad empobrecida y dependiente tiene menos fuerza para cuestionar y menos recursos para resistir. El resultado es un círculo vicioso de miseria, opresión y desesperanza que perpetúa el poder de quienes lo instauraron. La historia demuestra que estos regímenes no buscan la justicia social sino el control absoluto.