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Opinión

Sobre premios y homenajes

Rafael Hernández Mestra
Rafael Hernández Mestra
Columnista
27 de enero de 2026

Luego del premio Novel de Paz, que en forma simbólica le dio María Corina Machado al presidente Donald Trump, se hace una reflexión sobre esos acontecimientos. Se opina que el hombre, a cierta edad, queda sólo para recibir honores. Es como si se le comparara con los árboles, más apreciados, cuando ya se cosechan sus frutos. Podría decirse que, con el paso del tiempo, al evaluar resultados de los esfuerzos, se valora y reconoce el legado.

Sin embargo, no siempre ocurre así. En el apogeo de la entrega y la creación, los gestores de los cambios y de la realización meritoria, suelen escuchar el estimulante sonido del aplauso, o la palabra solidaria que agradece y compensa. Estos hechos, de prístina enmarcación espiritual constituyen una máxima razón en el sacrificio, o en el logro de objetivos anhelados. Tal vez Simón Bolívar, cuando tanto se afanaba en el cuidado de su gloria, hacía del reconocimiento del pueblo la suprema ambición. Con cuanto orgullo repetía lo mucho que apreciaba el título de Libertador, y con cuanta alegría, disfrutaba con sus soldados las flores y laureles en cada plaza libertada. En la conducta de los hombres varias pueden ser las causas de sus afanes y ambiciones. En nuestros días, por ejemplo, el dinero parece prioritario. Es simple consecuencia de las costumbres y modalidades económicas prevalecientes. Otras veces el poder apasiona sentimientos y actuales. Pero por encima del proceder prosaico, el cultivo del amor y de los idearios siguen en pie con su participación adecuada. Claro está que hay necesidad de ciertas aclaraciones. Por ejemplo, no obstante, el agrado por la ofrenda, ha de suponerse, que ella brota de manera espontánea y jamás debe ir mas allá de lo prudente. Porque ni lisonja ni mezquindad son aconsejables. En otras palabras, el homenaje hay que darlo en su justa medida y recibirse sin alardes ni escrúpulos falsos. Y mucho menos hacer de la modestia el instrumento de un oculto y distinto sentir. Ya opinada con autoridad Marañón sobre esta materia: “en ciertas ocasiones, al rechazar un honor no es humildad, sino explicita soberbia, afán de superar a los que han aceptado antes todos los honores. Pocas veces asoma, como en este caso con tanta nitidez a la superficie del alma, la violencia del subconsciente”.