
Siniestro: devorador de sueños

La carretera no es solo asfalto. Es un lienzo donde la urgencia dibuja su obra más sombría. A diario, los vehículos, cápsulas de metal y sueños se lanzan a una danza que a menudo termina en un silencio de hojalata y vidrios esparcidos. Las estadísticas, frías y precisas cual guillotina del destino, susurran la misma historia: la adversidad se arrellana en el asiento del copiloto. Rara vez paga el viaje.
Se dice que las líneas blancas del borde son hilos de algodón que las brujas de antaño hilvanaron para guiar. Esa zozobra moderna las tiñe de carmesí. En este país, donde lo insólito germina flor de cactus, los reveses no son meros fallos mecánicos o humanos, sino un pacto no firmado con la velocidad, que recibe su peaje en silencio y ausencias. He visto camiones que parecían colosos de metal galopando sobre nubes de polvo. Horas después, su carga se esparce cual río en mosaico, mientras el sol se niega a creer el desastre. Hay lugares donde la niebla abruma; los faros de los autos caen al abismo encendiéndose y apagándose, cual luciérnagas fantasmales advirtiéndoles a los vivos sobre la delgada franja entre el viaje y el viaje eterno. No es solo imprudencia, es una especie de hechizo colectivo, una ceguera voluntaria ante las señales que emborronan los duendes del camino: la mariposa azul cruzándose, el búho ululando a deshoras. Quienes fallecen en carretera no desaparecen. Quedan echados en el paisaje, tejiendo con su lamento la alfombra invisible sobre la que andamos los vivos día a día. Sus almas, dicen los viejos, son el viento que aúlla cuando un conductor decide que llegar cinco minutos antes vale más que la eternidad. Y el asfalto devora vidas con una naturalidad que amilana. Es un engendro voraz, ingiriendo la altivez humana. Conductores y pasajeros alimentan a la bestia con cada kilómetro de exceso, olvido… "solo un momento". Quizás deberíamos oír más a los árboles a la vera del camino. Han visto pasar caravanas de siglos y al tiempo no se le doma con un acelerador. Quizá si entendiéramos que un viaje es un milagro frágil que pende de un hilo de araña, la carretera dejaría de ser ese cementerio lineal donde lo inverosímil de la tragedia se vuelve rutina. Hay que despertar del sueño febril de la prisa. En este reino de lo posible y lo imposible, la vida es el único pasaje que no tiene vuelta.