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Opinión

Sin justicia, ¡bienvenida, impunidad!

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
16 de marzo de 2026

Esta idiosincrasia nuestra, que hace hablar más de la cuenta, que lleva a muchos a inculparse de delitos y a celebrar "la inocencia", que después de tres tragos hace contar el dinero que se reparte en despachos para no perder privilegios,…

Que lleva a otros a hablar durísimo en aeropuertos y aviones sobre contratos millonarios y a reírse porque nada les pasará, indigna. Indigna. Si bien la información del Estado es pública, la mayoría de los datos los socializan los propios comprometidos en los hechos. Narran los zarpazos con detalle, salpicándolos de cinismo e ironía, de burla a la ley. Y dejan a la justicia por el suelo, así no sea verdad. Se dice que el pueblo miente, exagera. La verdad es que exagera, pero no es tanto lo que miente. La gente, sin proponérselo, está ahí, escucha conversaciones de logros inimaginables, es testigo de cómo ríen de hazañas, casi todas movidas por el afán de riqueza. Bien decía el sacerdote en su homilía que la justicia de los hombres no existe. Como los carros, los relojes, los viajes por el mundo, puede comprarse, lo cual sigue siendo grave porque, al final, solo sobre los pobres "recae todo el peso de la ley". A los de cuello blanco, que les imponen cana, en sitios cómodos o en sus casas, es porque la justicia debe mostrar que es incorruptible… pero selectiva. Esta modalidad ensombrece la digna labor de jueces que no tranzan con el delito ni acumulan riqueza. El afán de tenerlo todo antes de jubilarse pone a coincidir a unos y otros en la "necesidad" de ganar dinero, es decir, recursos extra, porque ambos reciben salario y, porque, como dijo Pambelé: "es mejor ser rico que pobre". Sin duda, vivir sin afugias es la plenitud. Pero detrás de esa magia de contar cuentos hay un gravísimo problema: la impunidad, que no frena el delito, lo aumenta. Convencidos de que nada habrá de pasarles y de contratar famosos abogados, la falta de castigo a quien viola la ley estimula la apertura de agallas, la temeridad y la ambición. El número de arriesgados no para, aumenta vertiginosamente porque "si a esos manes no les pasa nada, a mí tampoco". La justicia, un bien supremo de la sociedad, tiene que jugar limpio porque la selectividad no disminuirá el número de delitos. Si solo entre el 5 y el 10 por ciento terminan en sentencia condenatoria y el 89.7 por ciento no llegan a captura en casos de corrupción, seguimos graves. Cifras de 2024 aseguran que la impunidad alcanza un 93 por ciento. La preocupación de las autoridades por la ausencia de castigo a la delincuencia hace presumir que el porcentaje, en lugar de bajar… va subiendo. El remedio no lo ponen solo los jueces. Nada impedirá el escape de la acción de la justicia si cada colombiano no asume el compromiso de ser respetuoso de la ley. La sociedad espera de ella un papel protagónico y ejemplar al investigar e imponer sanciones. Urge equilibrar la balanza.