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Opinión

Simplemente criminales

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
4 de agosto de 2024

La paz en Colombia, ligada a la dictadura venezolana. La violencia persiste ante la dimisión de la autoridad y el fraude electoral, evidenciando la enfermedad del poder.

Por Álvaro Bustos González* Aquí se dijo, hace varios años, que mientras existiera la dictadura en Venezuela nunca habría paz, total ni parcial, en Colombia. El solo hecho de buscar refugio en las capitales de las dictaduras vecinas (La Habana y Caracas), para adelantar diálogos con narcotraficantes, secuestradores y violadores de derechos humanos con el propósito de apaciguarlos, ya dio sus estériles frutos: prosigue entre nosotros la violencia rampante y el país, como en un tiovivo, va directo al borde del abismo, sin orden ni ley. La autoridad dimitió, porque su sola mención avergüenza a quienes ostentan el apelativo de "progresistas". El fraude electoral en Venezuela es un axioma: no necesita demostración. Una taifa de impresentables e iracundos, con un dogma "revolucionario" en la cabeza, absurdo como toda creencia delirante, abusando del poder desde hace 25 años, con todas las instituciones a su disposición, no representan a ningún pueblo ni encarnan ningún ideal. Esa es una mafia cuyo escaso y perverso cacumen no le da para nada distinto de acusar a la derecha fascista y al imperialismo de todos los males que ellos, y solo ellos, con sus irracionales prejuicios ideológicos y una corrupción estratosférica, le legaron a un pueblo que sufre lo indecible por la falta de democracia. El tema no es la derecha ni la izquierda, que en ambos lados hay gente valiosa y consecuente. Es algo consubstancial al hombre civilizado, relativamente reciente en la historia de la humanidad en los términos en que ahora la conocemos, que se llama libertad. No hay ninguna explicación epistemológica para que uno o varios individuos, a nombre de nada, se apoderen del gobierno, sojuzguen a la comunidad y persigan a sus opositores. Eso, en el mundo de hoy, es inadmisible y no se compadece con el más digno de los derechos humanos, el de no vivir de los mendrugos del Estado para subsistir de cualquier manera y luego agradecer con sumisa mansedumbre la interesada generosidad del déspota. El poder es una enfermedad. Unos son más susceptibles que otros a sus toxinas. Su ejercicio ponderado y respetuoso exige grandeza, que es la que no tienen ni han tenido jamás los tiranos que en el mundo han sido. Los totalitarismos asiáticos son de otra catadura, pero la médula atrabiliaria es la misma de la de los mequetrefes de América Latina. Todos, sin embargo, merecen morir en una mazmorra purgando sus crímenes infames. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.