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Opinión

Si una ciudad pierde el control en sus colegios… Es porque ya lo perdió en las calles

Fredy Sanchéz Kerguelén
Fredy Sanchéz Kerguelén
Columnista
14 de abril de 2026

Esta semana que pasó, pasaron muchas cosas en Montería… y no precisamente para bien. Me gustaría decir lo contrario, pero no. Entre hechos de violencia en un mismo día, situaciones que se vuelven virales en espacios cotidianos y lo que viene ocurriendo hace rato en colegios y barrios, lo que queda no es una suma de casos aislados. Lo que queda es una señal clara de fondo.

Montería no solo está desordenada en sus calles. Está desordenada por dentro. Y cuando ese desorden interno empieza a crecer, tarde o temprano se manifiesta afuera. Aquí hay un problema que no estamos queriendo enfrentar: la ciudad dejó de funcionar como un sistema. La familia va por un lado, el sistema educativo —público y privado— hace lo que puede con lo que tiene, y las instituciones llegan tarde o simplemente no llegan. No hay continuidad, no hay articulación, no hay una línea clara que sostenga a la gente cuando más lo necesita. Y cuando todo eso se rompe, lo que aparece no es sorpresa. Es consecuencia. Los datos ya lo vienen diciendo hace rato. Más del 40% de los jóvenes reportan síntomas de ansiedad o depresión. Cerca de 100 mil personas en la ciudad tienen problemas de salud mental, pero menos del 20% logra acceder a atención. La violencia intrafamiliar viene creciendo de forma preocupante. Y aun así, seguimos actuando como si nada estuviera pasando, como si todo fuera normal. Pero no lo es. A eso se suma un problema económico que agrava todo. Aquí se habla mucho de empleo, pero poco de estabilidad. La mayoría de la gente vive del rebusque, entra y sale del sistema sin lograr avanzar. No hay certezas, no hay tranquilidad, no hay una base que le permita a una familia proyectarse. Y cuando la economía no le da piso a la gente, lo emocional se desborda, lo social se tensiona y la ciudad empieza a perder el control en lo más básico. Por eso no se trata de un caso, ni de un lugar específico. Se trata de un modelo de ciudad que se fue desordenando con el tiempo. Una ciudad donde se normalizó que cada quien resuelva como pueda, donde el Estado administra problemas en lugar de prevenirlos y donde lo urgente siempre termina desplazando lo importante. Nos acostumbramos a reaccionar cuando todo estalla. A opinar cuando algo se vuelve visible. Pero el problema no empieza ahí. Empieza mucho antes, en una ciudad que no ha querido tomar decisiones de fondo para ordenar lo esencial. Ordenar Montería no es una discusión técnica. Es una decisión política. Es entender que antes de cualquier obra, antes de cualquier discurso, hay que recuperar lo básico: la convivencia, la estabilidad, el cuidado de la gente. Es dejar de hacer lo que se puede escoger y empezar a hacer lo que se tiene que hacer. Porque una ciudad no se desordena de un día para otro. Se desordena cuando deja de cuidar a su gente, cuando abandona lo estructural y cuando normaliza lo que nunca debió ser normal. Y cuando eso pasa, lo que vemos en las calles —y en los colegios— no es el problema. Es el reflejo.