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Opinión

Si pudiéramos soñar

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
7 de marzo de 2026

Una amiga se quejaba, a veces, del marido. Le decíamos que se buscara otro. Ella se reía y respondía: "cambiar de marido es cambiar de problemas". No le faltaba razón. Lo mismo pasa con los gobiernos y muy especialmente con el Congreso. Se habla todo el tiempo de renovación, de cambio, de escoger a los mejores, pero a la hora de las urnas se mantiene la fidelidad incluso con los que aparecen cada cuatro años, algunos con balance pobrísimo o en blanco. Y, además, con la justicia pisándoles los talones. Con la venia de los decentes, la política dejó de ser el arte de las ideas para convertirse en un negocio tan lucrativo que ofende.

Desde ya hay fila de aspirantes presidenciales y a Congreso para 2030 sin someterse, como los recién elegidos, a una evaluación de conocimientos, estado físico, buena salud, calidad personal, buen ciudadano, con impuestos e infracciones de tránsito al día. Además, con certificado de comprobada honradez, pulcro manejo de los presupuestos públicos y haber estudiado alguna cosa. Y si no es mucho pedir, que hablen con respeto, sin irse de la lengua, sin vulgaridad, maltrato o ayudados por el alcohol. Excelente que un bello sueño se convierta en realidad: que los elegidos al Congreso por Córdoba, a unas semanas del triunfo, prometieran al electorado y a todos que no estarán inmersos en escándalos relacionados con el presupuesto nacional y tampoco con el regional. Estamos cansados de la presencia de un cordobés en toda maturranga con las finanzas públicas. Que juren no buscar prebendas ni contratos para financiadores de sus campañas, familiares, áulicos. No reencarnarse en la mujer o el marido, hijos, hermanos, sobrinos, primos: que ellos solitos se ganen su escaño. Que juren, además, que no colgarán micos a leyes ni recibirán dádivas de sectores interesados en favorecerse con ellas. Que mientras estén en el Congreso, no lagartearán embajadas para familiares o para enemigos políticos para alejarlos de la parroquia. Que su discurso será correcto y, en los debates, defenderán a su región y buscarán, juntos, los mayores beneficios para poblaciones pobres y mejor si es para todos. ¿Y qué harán los cordobeses? La invitación es a hacer barra y exigirles que no calienten curul, que en sesiones estén mudos y que no vengan los fines de semana a echar carreta y contar fantasías. Hay que hacerles una veeduría rigurosa a todos. Que no pongan a volar la imaginación con ilusorios proyectos de ley. La gente tiene que aprender que una cosa es un proyecto de ley y otra, cómo queda luego de hacer tránsito en el Congreso, si corre con suerte. Un proyecto de ley es esto: un deseo inmenso que puede morir en el intento o sobrevivir a las lesiones. Qué grandioso sería que, después de estas elecciones, despertáramos un día y viéramos, en serio, un cambio en las costumbres políticas. Córdoba lo merece. Ha tenido el honor, pero también ha sentido la vergüenza. Mientras tanto, que trabajen sin descanso por Córdoba. Todos atentos.