
Si la sal se corrompe

Colombia enfrenta una crisis de corrupción arraigada. La sociedad, indiferente, premia la deshonestidad, desde políticos hasta ciudadanos. ¿Cómo revertir esta degradación moral generalizada?
Por Bibiana Cabarcas Colombia atraviesa por uno de sus momentos más oscuros, y no es poca cosa, si tenemos en cuenta que nuestro querido terruño ha sido fértil en materia de corrupción en todas las épocas. Pero sin ir muy lejos y para no tirarle el agua sucia solo a nuestros dirigentes, cabría preguntarnos qué estamos haciendo nosotros, los ciudadanos de a pie, para evitar que este mal se esparza y termine por ahogarnos del todo, sin que podamos trazar una línea definida entre lo ético y entre lo que no es; entre lo correcto y lo que no lo es. Esta sociedad colombiana premia al avivato, al ventajoso, a aquel que se pone por encima de los demás sin importar mucho cómo lo consigue; a este se le aplaude y se le premia sin que medie entre ellos y la sociedad una sanción social o moral que le indique que está mal visto lo que hace. Es así como se acuñó la horrible frasecita de "robó, pero hizo" señalando al dirigente que con dineros públicos se da la gran vida; o se le da una palmadita en el hombro a aquel señor que tiene una aventurita por fuera de su hogar, que es mirado con ojos de admiración por sus pares gracias a su capacidad de engañar; con el agravante que también las señoras lo hacen por el "desquite". Y por ahí derecho nos vamos con el empleado desleal que se presta para defraudar a su propia empresa, a la empleada que roba a sus patrones, al taxista que cobra de acuerdo al "marrano", al mecánico que pone repuestos usados haciéndolos pasar por nuevos; al "amigo" que traiciona y al compañero de trabajo que indispone con falsos testimonios. Desafortunadamente, todas estas situaciones se nos volvieron paisaje y el pan de cada día, nos volvimos indolentes ante el dolor ajeno y algunos ven en la tragedia de otros una oportunidad, o si no vean lo que pasa cuando se accidenta un camión cargado de cualquier cosa, lo desvalijan en cuestión de minutos. ¿Cómo exigir lo que no somos capaces de dar? ¿qué clase de ejemplo le estamos dando a las generaciones futuras? La defraudación, la deshonestidad; el peculado, el enriquecimiento ilícito y toda esta cantidad de escándalos que vemos todos los días por noticieros y redes, son productos de esta degradación a la que nos acostumbramos y dejamos pasar; empezando por el seno familiar, por la falta de disciplina en casa y la mano laxa de padres débiles. De leyes demasiado garantistas que ayudan al delincuente y castigan al de conducta ejemplar. Aquí cabe mencionar al pasaje bíblico que dice que, si la sal se corrompe, ¿cómo volverá a ser salada? Ya no servirá para nada, sino para ser arrojada a la calle y pisoteada por la gente.