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Opinión

Sexo y culpa (II)

Omaira Enríquez
Omaira Enríquez
Columnista
6 de julio de 2024

La cultura de la violación normaliza agresiones, culpabilizando a la mujer por su sexualidad. Se analiza el impacto de normas sociales, la culpa y la desinformación en el placer femenino.

Por Omaira l. Henriquez M. Decíamos en la columna anterior que existe una cultura de la violación, en donde se romantiza y normaliza las violaciones como hechos cotidianos. Te enseñan que no solo no puedes hacer nada ante la agresión, sino que además sufrirás doblemente: a manos de aquel hombre que no puede controlar su deseo y de la mujer que te ve como una competencia que intenta arrebatarle lo que es suyo. Y es que pareciera que ese hombre cayera en la tentación de obedecer a una norma natural que no es efectiva en las mujeres. Se nos ha enseñado que aquellos hombres que se encuentran en presencia de una mujer hermosa son poseídos por una inevitabilidad biológica, un hechizo que nubla sus sentidos y su entendimiento. No pueden remediarlo, mientras nosotras tenemos el poder de controlar el placer, la excitación y el deseo, que a ellos les posee, incapaces de someterlo. El mensaje que nos han inculcado de niñas, es que si damos a entender de alguna manera a un hombre que estamos de alguna forma interesadas en él, ya sea con una caricia, dejando que pase su mano por la cintura o bailando acaramelados, tenemos que hacernos responsables de todo lo que pase después. Si cedes a su deseo serás considerada una chica fácil, si no cedes entonces eres una provocadora. En cualquier caso eres responsable de que él no pueda reprimirse. La mujer tiene tres opciones: entregarse dócilmente al deseo masculino, esconderse en él o no entregarse y sufrir el castigo. La identidad de la mujer se vuelve borrosa mientras intenta navegar en ese laberinto donde la culpa se vincula de forma estrecha con su sexualidad. Nuestro placer queda relegado a un segundo plano, demasiado enfocadas en complacer al otro como para preocuparnos por nosotras mismas, es aquí donde el consentimiento se vuelve terreno pantanoso. Y comienzan los malentendidos. Porque para disfrutar del sexo en su totalidad tenemos que deshacernos de la culpa que nos atormenta cuando lo practicamos. Y esa culpa sexual comienza con nuestros propios cuerpos. Se nos educa para entender nuestra imagen y nuestro proceso biológico como si fuese el enemigo. Culpables de crecer y que nos crezcan los senos, causantes sin quererlo de despertar el deseo ajeno. La menstruación cuando llega nos provoca asco y culpa a partes iguales. También nuestro vello, creciendo fuerte y oscuro en las axilas, las piernas y las ingles. Culpables de estar gordas, o demasiado delgadas. Responsables de no alcanzar los ideales o estándares de belleza que nos reclaman y de tener que cuadrar en una serie de patrones estrictos que nos han impuesto socialmente. Nuestro cuerpo, nuestro sexo, nuestra identidad existe únicamente para ser vivida, consumida y utilizada por los otros. Si a esto le sumamos que la sexualidad femenina sigue siendo una gran desconocida, el resultado es un saco de problemas que van sumando más y más lastres a nuestra trayectoria vital. La desinformación y la falta de educación hacen que no acabemos de comprender cómo funciona del todo nuestro deseo.