
Setenta veces siete

Dicen que no hay un número para el perdón. Sin embargo, hay un punto de referencia que, sin ser imperativo, opera como medida silenciosa de lo que se espera de nosotros.
Dicen que no hay un número para el perdón. Sin embargo, hay un punto de referencia que, sin ser imperativo, opera como medida silenciosa de lo que se espera de nosotros. Casi siempre quien perdona es generoso, es maduro, ha trascendido. Quien pide perdón es valiente. Su gesto se convierte en símbolo, en ejemplo, en virtud. Y en ese camino, sin que nadie lo anuncie, la víctima adquiere una carga nueva: la de perdonar para que otros queden en paz. Lo vemos en grandes escenarios de justicia. La víctima frente a una audiencia que espera que pronuncie la palabra. Que cierre. Que libere. Para que lleguen los aplausos y se declare que la reconciliación llegó. Pero nadie pregunta qué ocurre adentro. Nadie ve los pedazos que siguen sin encontrar su lugar detrás de ese abrazo que el mundo necesitaba ver. Porque el perdón no es justicia. Y confundirlos tiene un costo que casi siempre paga el mismo: quien fue herido. Cuando se habla de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, en ningún lugar aparece el perdón como condición. Porque no puede programarse, no puede convocarse, no puede festejarse cuando llega ni reprocharse cuando no. Sin embargo, la realidad sigue diciendo que perdonar es sabiduría, es edificar, es sostener. Se dice incluso que es un acto de amor. Como si quien ama estuviera obligado a perdonar. Y así seguimos aprendiendo a medir el valor no por lo que recibe, sino por lo que somos capaces de tolerar. Pero hay algo que no estamos diciendo con suficiente claridad: el perdón no puede convertirse en un acto automático. No es un reflejo moral que se activa porque “debería”. No es una fórmula que corrige lo ocurrido. Y, sobre todo, no es sustituto del reconocimiento del daño ni de la transformación de quien lo causó. Porque cuando el perdón se vuelve automático, deja de ser convicción y se convierte en evasión. En una forma de cerrar en falso lo que aún no ha sido comprendido. Perdonar y reconciliarse no son lo mismo. Esa confusión lo cambia todo. Perdonar, si llega, es una decisión íntima, individual, que no requiere volver a estar cerca. Reconciliarse exige algo más: voluntad de ambas partes, reconocimiento del daño, cambio real y un terreno seguro donde algo pueda volver a construirse. Y hay territorios como la violencia que, una vez atravesados no vuelven a ser habitables. Hay perdones que llegan como llega la lluvia: sin ser llamados, sin deberle nada a nadie. Y hay otros que no llegan. Y su ausencia no es fracaso. Es límite. Es conciencia. Es, también, una forma de dignidad. Porque no se trata de elegir el resentimiento, sino de no forzar lo que aún no ha sido transformado. La valentía no se refleja en la capacidad de perdonar. Se demuestra en el coraje de decidir si se hace o no, y cuándo.