
Ser contrarios, no enemigos

En un mundo polarizado, líderes colombianos como Petro y Uribe demuestran respeto mutuo. Ejemplos como estos, desafían la división y promueven un diálogo constructivo en la política.
Por José Manuel Acevedo Es verdad que vivimos en un mundo polarizado. Es cierto que nuestras sociedades tienden a refugiarse en los radicales para sentirse más seguros y buscan refrendar sus propias posiciones en los medios que consumen y los líderes que siguen, sin darse la posibilidad de explorar otras formas de opinión. El esfuerzo por buscar la pluralidad es visto con frecuencia como una señal de indefinición. Y referirse con respeto al otro, por muy diferente que sea, es considerado por muchos un signo de debilidad o 'voltearepismo'. Sin duda, solemos oírnos más a nosotros mismos que a los demás, sobre todo si los otros piensan distinto. Aun así, nuestros dirigentes han hecho y dicho en los últimos meses cosas que reivindican el valor de las diferencias tramitadas con altura y que, en medio de titulares más escandalosos, hemos dejado pasar por alto. Para empezar, deberíamos olvidarnos de que en política existen enemigos y concentrarnos en la idea de 'contrarios' que alimentan los debates públicos con posiciones distintas; que discuten, ¡cómo no!, pero que también son capaces de ceder para ponerse de acuerdo por un propósito superior. Se vale y se necesita criticar, pero sin insultar. Hay que denunciar, pero sin estigmatizar. Se puede elogiar al otro o reconocer méritos de los demás y eso no significa que se haya claudicado en las ideas propias. En varios meses que llevamos haciendo entrevistas, o mejor, conversando con líderes políticos, me ha sorprendido la capacidad de los personajes que hoy están en la escena pública de decir cosas favorables frente a sus contrarios, que uno no se imaginaría de primerazo. Que el presidente Petro diga, por ejemplo, "con Uribe hemos logrado algo y es bajar la polarización que teníamos en las calles" y que, a su vez, el expresidente Uribe interrumpa un mitin en el que estaba para pedir respeto por la persona del presidente Petro, y que el debate se concentre en los argumentos y no en las descalificaciones, es muy positivo. Pasado un año, ese tono entre los dos dirigentes –tal vez los más polémicos que haya habido en el último siglo– no se ha perdido, y los dos siguen haciendo lo posible por dar un buen ejemplo en ese sentido. Que la vicepresidenta Francia Márquez invite públicamente a María Fernanda Cabal a tomarse un agua de panela en El Cauca es también de resaltar. Y, a propósito, que, recientemente, la senadora Paloma Valencia haya confesado "me encanta Francia Márquez" y "me parece un símbolo muy poderoso, tendría que entender mejor lo grande que es" es una expresión que sorprende igualmente. Que lo diga, sin temor a sus barras bravas, es consecuente y alimenta la esperanza de que una política con P mayúscula es todavía posible en Colombia. Lo mismo dijo José Félix Lafaurie de Iván Cepeda, en alguno de esos diálogos: "En democracia uno debe respetar la opinión ajena. Yo respeto la de él, y él respeta la mía". Y, seguramente, uno podría encontrar más ejemplos de líderes políticos que en esta coyuntura han mostrado un buen talante, pese a lo denso del ambiente y lo incierto del panorama. Nos corresponde a los medios alimentar esa narrativa y no la de la división y el odio, pero también nos toca a todos los ciudadanos llevar esa filosofía a las discusiones más pequeñas; a los entornos más inmediatos con esas señales en mente: si Uribe y Petro pueden tratarse con respeto, ¿por qué nosotros no?... Si Paloma puede ver cosas buenas en Francia, ¿por qué, pese a los altercados con el vecino o el compañero de trabajo, no reconocemos las virtudes y los puntos de coincidencia con el otro? Hay que encontrar el camino para ser diferentes sin matarnos; para pensar distinto y aun así oírnos con amplitud de pensamiento, y para ser contrarios, no enemigos.