
Sensatez por mano propia

La justicia por mano propia, impulsada por ira y odio, amenaza a la sociedad democrática. Socava la confianza institucional y agrava las fracturas sociales.
Por José Arturo Ealo Gaviria Si la justicia por mano propia es desigual, inequitativa en el tipo de que impone a través de ira y odio que nublan su manejo, no es el tipo de justicia a la que debe aspirar una sociedad democrática. Es un secreto a voces que una sociedad llevada con el fin de impartir justicia por mano propia tiene graves problemas institucionales. La confianza en la fuerza pública, el ejército, las leyes y quienes imparten justicia está gravemente afectada, mientras que los índices de inseguridad aumentan. Sin embargo la respuesta a dicha crisis debería enfocarse por redimir esa confianza institucional, no en volcarse hacia la justicia por mano propia. Si aceptamos que una sociedad democrática no puede funcionar con instituciones deficientes, podemos aceptar que tampoco funcionará si no posee instituciones en lo absoluto. Separar a víctima, juez y verdugo garantiza un grado mínimo de imparcialidad que permita que la justicia se aplique de la mejor manera posible. En justicia por mano propia, muchas veces víctima, juez y verdugo son la misma persona. Destruye la unión social. Y si dicho fenómeno está engarzado por la ira y el odio, abandonarnos a esta agravará las fracturas sociales y convertir a toda persona que veamos como un "otro" en un potencial enemigo. Introduce en la comunidad una lógica de "nosotros" contra "ellos": intensifica males como el clasismo, el racismo o un sentimiento irracional enfermizo hacia otra persona. El castigo por mano propia a los delincuentes no posee el efecto educativo o persuasivo que dicen sus defensores, pero las personas que apoyan o participan activamente en estos actos pueden pensar que es una estrategia efectiva y rápida para combatir la criminalidad. Esta falsa validez reducida a la violencia impide reflexionar tanto en soluciones integrales como de fondo. Estar en desacuerdo con estos hechos no implica que la ciudadanía no pueda defenderse, ni que deba quedarse de brazos cruzados ante el aumento de la criminalidad, ni que deba dejar de sentir ira o indignación ante los hechos violentos de los criminales. El que grupos de extraños se unan para reclamar justicia ante un acto criminal no es en sí mismo algo condenable. Lo que debemos revisar, como sociedad, es el tipo de justicia que estamos reclamando y la manera que reclamamos. Si realmente existe la justicia, tiene que ser para todos; nadie puede quedar excluido, de lo contrario ya no sería justicia. Que brille la justa razón.