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Opinión

Señora de las aguas

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
18 de julio de 2025

Esta semana celebramos en el mundo hispano una tradición que recuerda lo mejor de nuestra sangre.

Desde la antigüedad remota nos reunimos alrededor de nuestra Madre para agradecerle la vida, el alimento, la crianza y la salud. En una palabra, el amor que nos entrega desde antes de la Concepción. Nuestra línea materna es celebración del Agua y de la Tierra. Símbolos de fertilidad, fecundidad y abundancia. Nuestras sabias lo saben. Nuestra línea paterna celebra el fuego y el aire. Símbolos de fuerza, vuelo y transmutación. Nuestros sabios lo saben. Los católicos somos afortunados porque nuestra Iglesia Universal nos permite tender puentes entre lo antiguo y lo contemporáneo. Unir lo masculino con lo femenino. Mezclar lo sagrado con lo pagano. Celebrar lo Divino con lo Humano. Comprendemos que tenemos origen en el Cielo y destino en la Tierra. Tanto en Grecia como en Roma. En Tenochtitlan como en El Cairo. En Damasco como en El Cuzco. En Jerusalén como en Avalon. En Adís Abeba como en Shambala. En Madrid como en San Marcos. Nuestros ancestros han tributado rituales en honor al Espíritu Femenino del mundo. Es la misma Madre Universal que otros llaman Pachamama, Gaia, Agartha, pero que los católicos llamamos Virgen María. El pasado miércoles, mi Reina Madre y yo madrugamos a rendir tributo a Nuestra Señora en el atrio de la Iglesia de la Santísima Trinidad. Sonaban porros, fandangos y voladores mientras rezábamos en silencio el Ave María y un señor llamado Senén Pérez, vecino del barrio Las Maravillas, le prendía velas. Hace poco sufrió un infarto y fue remitido a Sincelejo para ser atendido en cuidados intensivos. Allí le pidió a la Virgen que le devolviera la salud, a cambio de una caja de velas. Y cumplió lo pactado. Un poco después de las once estuve en el Puerto Real para verificar el ruido, el caos y la falta de autoridad que se tomaron a nuestro pueblo. Volví al atrio para presenciar la salida del desfile automotriz que comenzaba con la bendición de los vehículos por parte del párroco. Después de las dos de la tarde me embarqué en una gran canoa, en compañía de Nuestra Señora y cientos de devotos para el desfile por nuestra ciénaga, que está a punto de ser encerrada por un muro infame. Desembarcamos para la misa de las cuatro y a las cinco comenzó la procesión terrestre. A las nueve en punto regresó Nuestra Señora al templo, entre música, pólvora y aplausos. ¡Viva la Virgen del Carmen!