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Opinión

Semana Santa: Entre la Fe y el Espectáculo

Omaira Enríquez
Omaira Enríquez
Columnista
19 de abril de 2025

La Semana Santa, fenómeno católico global, oscila entre fe genuina y espectáculo. ¿Devoción o tradición vaciada? Un análisis de la mercantilización, el uso político y la esencia espiritual.

Por Omaira L Henriquez Cada año, la Semana Santa se convierte en un fenómeno que paraliza a muchos países de tradición católica, especialmente en regiones como España y América Latina. Procesiones multitudinarias, pasos cargados al hombro, imágenes religiosas cubiertas de flores, tambores, túnicas, cirios. El despliegue visual y emocional es impresionante. Pero ¿hasta qué punto sigue siendo esta celebración un acto de fe y no un espectáculo social, turístico y político? La Semana Santa, en su origen, era un tiempo de recogimiento espiritual. La muerte y resurrección de Jesucristo se contemplaban desde la introspección, el ayuno, el silencio, la penitencia. Hoy, sin embargo, esa esencia parece diluirse entre cámaras de televisión, transmisiones en vivo y una industria turística que encuentra en la religiosidad popular una mina de oro. Es difícil no preguntarse: ¿es esta devoción o una tradición vaciada de contenido? Muchos fieles defienden que el fervor es auténtico, que quienes cargan imágenes de 500 kilos sobre sus hombros lo hacen por promesa, por agradecimiento, por amor a su fe. Y eso es innegable. Pero en paralelo, hay otra realidad: la Semana Santa es una vitrina para alcaldes, empresarios, entre otros con intereses políticos, influencers religiosos. Las calles se llenan de postureo devocional: hay quienes se golpean el pecho mientras transmiten en TikTok. No se puede ignorar la mercantilización de lo sagrado. En muchas ciudades, las procesiones son un atractivo turístico de primer nivel. Restaurantes llenos, hoteles al tope, vendedores ambulantes con estampitas y figuras de yeso. Las autoridades locales promueven los eventos como si fueran festivales culturales, dejando en segundo plano el componente espiritual que supuestamente los sustenta. La fe, en algunos casos, parece convertirse en escenografía. Y está también la cuestión del sufrimiento ritualizado. La exaltación del dolor como forma de conexión con lo divino es un concepto teológicamente cuestionable. ¿Tiene sentido en pleno siglo XXI seguir representando a un Dios torturado, sangrante, y pedirle a la gente que repita ese dolor en carne propia? ¿No hay otras formas de espiritualidad más sanas, más vitales? Eso sin contar con el uso político que se le da a la Semana Santa. Grupos conservadores la convierten en símbolo de “defensa de las tradiciones” frente a supuestas amenazas culturales, como si la fe auténtica necesitara blindarse con banderas e identidades nacionales. ¿Dónde queda el mensaje de amor universal, de justicia social, de rebeldía contra el poder, que traía el Nazareno? La Semana Santa sigue siendo, para muchos, un tiempo de fe genuina. Pero también se ha convertido en una gran puesta en escena donde se entrecruzan intereses religiosos, económicos y sociales. La pregunta que queda flotando es si este tipo de religiosidad nos acerca realmente a lo espiritual… o si nos perdemos entre incienso, aplausos y selfies