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Opinión

Sancochos y pasteles

Bibiana Cabarcas
Bibiana Cabarcas
Columnista
17 de diciembre de 2025

La política es dinámica, dicen aquellos que tienen por costumbre voltearse para el lado que más les conviene, y sí, esa frase lleva consigo muchas verdades, pero no la del ser desleal; esta la cobran caro en las urnas; no es lo mismo un voto a conciencia que otro comprado. En el marketing político, el dinamismo es otra cosa, y tiene que ver con la capacidad de adaptación constante de las estrategias de campaña, teniendo en cuenta la fragmentación del público objetivo, con el fin de conectar con las audiencias. Y en esta era digital, ajustar estrategias en tiempo real es tan importante como el contacto cara a cara del candidato con sus electores.

El estratega debe ir analizando datos, ajustar los mensajes con las acciones, crear mensajes innovadores que marquen la diferencia y destaquen sobre los otros, buscando seducir a los votantes. En la actualidad, el uso de las plataformas jamás será excesivo, ya que conecta con el público joven, segmentando los mensajes de acuerdo a estratos e intereses; no es lo mismo un joven universitario citadino que uno de la zona rural. El uso de sondeos de opinión y encuestadoras debe aportar un análisis real del electorado, con el fin de ir modificando las estrategias y ajustarlas a la realidad del candidato y sus electores; maquillar encuestas internas es pegarse un tiro en el pie. La creación de mensajes dirigidos a los electores debe ser personalizada con el fin de individualizar al candidato y marcar distancia con los otros; aquí el humor y las tecnologías multimedia darán el punto y aparte dentro del mar de candidatos. Pero, con todas estas estrategias, nada reemplaza a un buen candidato; un candidato que conecte con el público, que sea auténtico y que haga lo que pregona, ya tiene gran parte de la campaña asegurada. Porque por más que el discurso sea emotivo, si el electorado nota que el candidato dice una cosa y hace otra, los resultados se van a ver reflejados en la votación, y aunque en nuestra región aún existe el “voto cautivo”, cada vez son menos y más costosos. Lo falso se ve a distancia, la gente no es tonta, y en la soledad del cubículo de votación rayarán la cara del que les guste. Es por esta razón que es un error poner fotos del candidato tomando sancocho y comiendo pasteles, con cara de asco y de estar en el lugar equivocado, como la de Sergio Fajardo, que más parece estar pagando una condena que disfrutando del plato. O la de Iván Cepeda con los empresarios, en cuyas caras se ve reflejado el miedo y el desconcierto de escuchar lo que este señor piensa de ellos, de sus empresas y de que todo pasaría a ser estatizado en su gobierno; aunque en su discurso se muestre “sonriente” y “conciliador” y diga que no es el de las Farc, nadie se tragó el cuento. Abelardo, que dice lo que piensa y conecta su discurso directo con lo que sienten muchos colombianos, le faltaría más propuesta puntual en cuanto a cómo va a lograr erradicar la violencia y controlar primeras líneas desatadas si llega a ganar; menos Petro y más Abelardo. Lo auténtico se impone; las máscaras se caen si el elector percibe una gran diferencia entre lo que dice el candidato y lo que hace en la vida real. La coherencia se impone.