
Sanar el alma: el reto que la "paz" no asume

La violencia sexual en los conflictos armados no es un daño colateral. Es una estrategia. Tan antigua como la guerra. Cuando un grupo invade a otro con intención de destruirlo, toma a sus mujeres. No solo como acto de dominio físico, sino porque entiende algo profundo: que el cuerpo de la mujer ha sido cargado simbólicamente con la honra de toda una comunidad.
¿Y qué hemos hecho con eso? Durante años hemos hablado de verdad, justicia y reparación. Hemos creado tribunales, expedido sentencias y entregado cheques. Pero hay una pregunta que sigue sin respuesta: ¿esa es la paz que merecen las mujeres que fueron convertidas en botín de guerra? Porque no se trata solo de justicia legal. Las sentencias son necesarias, sí. Pero no bastan cuando el daño atravesó el cuerpo, la dignidad, la comunidad y hasta la conexión con lo sagrado. Como si el alma pudiera repararse con un fallo judicial. En Colombia hemos construido uno de los sistemas de justicia transicional más ambiciosos del mundo. La Jurisdicción Especial para la Paz ha dado pasos importantes: se ha reconocido la violencia reproductiva como crimen, se investiga la persecución por razones de género y se escucha, por fin, a quienes siempre fueron silenciadas. Pero pregúntenle a una mujer indígena del Chocó qué significa "reparación" cuando le entregan un cheque, mientras sigue viviendo en el mismo territorio donde fue violentada, con las mismas estructuras de poder intactas. Lo que se rompió fue más profundo que un orden jurídico. El problema no es que estos mecanismos sean malos. Es que son insuficientes. Reducen lo complejo a lo que cabe en un expediente. Se construyen desde una lógica occidental, individual, que trata el dolor colectivo como si fuera un trámite legal. Lo holístico no es abstracto: es integrar lo que nunca debió separarse. Sanar el cuerpo, pero también el alma. Restaurar los vínculos, la identidad, el sentido de sí mismas. Es reconocer que el trauma no termina en el hecho, sino en lo que ese hecho destruyó internamente. Hablar de paz holística es reconocer que algunas heridas no se nombran en las audiencias, pero siguen marcando la vida entera. Y que para muchas mujeres, sanar no es un procedimiento: es una forma de resistir. Porque hay dolores que no aparecen en los informes. Y procesos de sanación que no pueden medirse en estadísticas. Sanar a una mujer violentada en su integridad sexual es un acto que va más allá del Estado: es devolverle la posibilidad de volver a habitarse en paz. Quizás suene utópico. Pero lo cierto es que las fórmulas tradicionales ya tuvieron su oportunidad. Y no bastaron. Porque nadie les ha ofrecido algo más que una medida judicial o un acto simbólico de protocolo. La paz que no toca el alma, que no transforma, no es paz. Es trámite.