
San Marcos: un anónimo del coronel

Hay pueblos que huelen a correo atrasado, donde las casas no se construyen para vivir, sino para ver pasar la muerte sin saludarla.
Décadas más tarde, frente a las aguas de una ciénaga que evocaba naufragios, la revelación fue amarga: San Marcos nunca fue una herida abierta que el tiempo se resistía a cicatrizar. Al mediodía, el sol era una condena de plomo; una herencia de fuego que mantenía a los vivos clavados al suelo, aguardando milagros que nacían muertos. Bajo el sopor de esos días estancados, el pueblo se estiraba a orillas del agua, animal exhausto que, de tanto repetirse, olvidaba su propio nombre. El aire no se padecía. Era una amalgama de humedades y silencios donde el tiempo, harto de circular, se enredaba en las raíces de los guayacanes, red cargada de olvido. Las calles no eran caminos, sino pellejos de brizna muriendo en el mismo cauce perezoso. Eran una vena abierta por donde la vida llegaba a cuentagotas, mendigando permiso a los fallecidos para existir un domingo más. En ellas, el polvo era el sedimento de una esperanza desmoronada. Sus casas, de paredes desconchadas y maderas cansadas, custodiaban corredores donde el aire se detenía a envejecer. En el puerto, la mirada escarbaba en la bruma. Se ansiaba una lancha que trajera algo más que sal o café: un suspiro de justicia que el río se había tragado aguas arriba, o el final de una paciencia hecha ya escara en el alma. Era el ritual de la incertidumbre, un vacío que solo se llenaba con el óxido de los sueños. Cada vez que un motor hería el espejo del agua, el pueblo sufría un espasmo de resurrección; un latido breve, casi agónico. Luego, el hundimiento. El óxido avanzaba con parsimonia de plaga, y San Marcos parecía una carta guardada en un cajón que Dios no se atrevía a abrir, temeroso de descubrir que ya nadie la esperaba. Allí se aprendió el oficio de respirar para seguir esperando. En ese laberinto de ausencias, la dignidad era lo único que no se podía comer, pero lo único que impedía que el fango entrara en los pulmones. El pueblo no esperaba un barco ni una ley. Esperaba el derecho de saber si la muerte ya los había reclamado. Se descubrió la verdad más amarga: para morir, primero hay que tener la certeza de estar vivo, y en esa orilla el tiempo no pasaba; simplemente se pudría.