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Opinión

Sálvate tú

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
17 de mayo de 2025

El alma grita en medio del ajetreo, pero ¿la escuchamos? La rutina y las expectativas nos alejan de nosotros mismos, enfermando el cuerpo y la mente. Es hora de priorizar el bienestar.

Por Glenda K. Fuentes A veces no es el cuerpo. Es el alma la que grita. Pero como no hay exámenes que lo detecten ni recetas que lo curen, seguimos. Seguimos con la agenda llena y el corazón vacío. Seguimos con sonrisas automáticas y silencios cada vez más largos. Hay temporadas en las que la vida no se siente vivida. Solo ejecutada. Cumplida como una lista interminable de tareas en la que el ser quedó al final. Se corre. Se organiza. Se cuida. Se responde. Y en medio de ese hacer constante, se va perdiendo el hilo de lo que somos. Nos volvemos expertos en sostener rutinas, en cumplir expectativas, en funcionar con eficiencia… pero en silencio, algo se va apagando. Se vive con el corazón en pausa y la mente en otro lugar: en el pasado, donde habita la culpa; o en el futuro, donde reinan las expectativas, la incertidumbre y el miedo a no llegar a tiempo. El presente se escapa entre mensajes sin responder, reuniones, deberes y sueños que ya no se recuerda si eran propios. Se hace tanto… pero ¿cuánto realmente habita? ¿Cuánto de lo vivido se siente? Nos volvemos hábiles en todo, menos en reconocernos. Y cuando por fin se encuentra un minuto en silencio, el vacío incomoda. No porque no se sepa qué hacer, sino porque se lleva demasiado tiempo olvidando quién se es. Se normaliza funcionar sin sentir. Responder "estoy bien", aunque por dentro se viva en automático. Y un día, sin previo aviso, aparece una pregunta que incomoda, pero sacude: ¿Qué pasó conmigo? Si no se para, la vida detiene. Y a veces lo hace a través del cuerpo: a través del cansancio persistente, de dolores sin causa aparente, de diagnósticos que florecen en el silencio del estrés sostenido. A veces, el cuerpo habla cuando el alma lleva demasiado tiempo callando. En un país donde la salud mental sigue siendo un lujo y no un derecho, salvarse a uno mismo se vuelve un acto revolucionario. Mientras las estadísticas de ansiedad aumentan, seguimos glorificando el agotamiento como virtud. No es necesario tener todas las respuestas hoy. Basta con la valentía de hacerse las preguntas. Y un acto mínimo de amor propio: una pausa, un no a tiempo, una respiración consciente. Salir de la exigencia no es irresponsabilidad; es humanidad. También se tiene derecho a habitar los días, no solo a sostener los de otros. Nadie vino solo a sobrevivir rutinas. También se vino a escucharse, a reconocerse sin filtros. A recuperar esa voz interior que no grita, pero guía. Porque cuando alguien se escucha, algo dentro se ordena. Cuando se detiene, el mundo no se cae: se aclara. Así que, Sálvate tú. No es egoísmo. Es supervivencia. No es un lujo. Es una necesidad.