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Opinión

Sabor a Semana Santa

José Armando Benítez Tuirán
José Armando Benítez Tuirán
Columnista
28 de marzo de 2024

La Semana Santa es un festín de sabores. Motes de queso, arroces y dulces tradicionales, junto a pescados y bebidas típicas, protagonizan la mesa, conectando con la tradición y el pasado.

Por José Armando Benítez Tuirán Estos días santos además de ser un alto en el transcurrir de la vida laboral y estudiantil, se convierten en un encuentro con los sabores típicos de la Semana Santa. La cocina es sin duda un territorio protagonista en la Semana Mayor. Allí se gestan los olores y sabores que han deleitado a nuestros ancestros desde siempre y, si nosotros no desistimos y seguimos honrando y siendo fieles a estas delicias culinarias, continuarán gustando a nuestras futuras generaciones por los siglos de los siglos. Es el momento para degustar los motes de frijolitos, palmito, guandules, y por supuesto su majestad el mote de queso, con sus variantes de bleo chupa, berenjena o sofrito de tomate. Los arroces de coco y frijolitos desbancan durante esta semana al arroz blanco de cada día. Las ensaladas de Semana Santa brillan en la mesa con la remolacha, la papa y la zanahoria como estrellas. Ahora que comer hicoteas está prohibido y castigado por la ley de los hombres, cualquier pescado es bienvenido para no violar la ley de Dios. De aquí que los ripiaos se hayan convertido en los nuevos protagonistas de los platos de la semana mayor, el de bagre sigue siendo de los más apetecidos, aunque el de moncholo ahumado, cada vez gana más adeptos, por sabor y por economía. De las bebidas la chicha seguramente sigue siendo la reina absoluta. En cambio, en los dulces la pelea cada vez es más reñida, el mongo mongo sigue en pie de lucha por la supremacía contra los dulces de ñame, yuca y papaya. Y el uso de hornillas de binde y fogones de leña se populariza por el característico sabor que imprime el humo a las comidas. Los sabores y olores de la Semana Santa tienen el poder de hacernos viajar en el tiempo. Favorecen la evocación de momentos mágicos de nuestro pasado. Nos permiten volver, aunque sea mentalmente, a aquellos lugares y tiempos en los que hemos sido felices. La comida de la Semana Mayor es un ancla que frena la prisa de los días. Para que nos permitamos a través de sus sabores y aromas, recordar el camino compartido con familiares y amigos. Rememorar vidas anteriores y continuar hacia adelante sin olvidar de dónde venimos. Quizás las reflexiones que hemos dejado de hacer en el marco religioso de la Semana Santa, las podamos hacer a nivel introspectivo cuando compartamos la mesa en estos días santos.