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Opinión

Respeto

Bibiana Cabarcas
Bibiana Cabarcas
Columnista
26 de marzo de 2025

En la Colombia rural del siglo XX, la educación era un tesoro. Hoy, con un exguerrillero en el poder y un discurso divisivo, el país se polariza y la zozobra crece.

Por Bibiana Cabarcas Hace ya muchas décadas atrás, cuando la mayoría de los colombianos eran analfabetas y su población vivía en zonas rurales, saber leer y escribir se constituía en un signo de admiración entre lo pobladores, y ni que decir de los que alcanzaban a ser bachilleres, era toda una hazaña y el bachiller se consideraba el sabio de la comunidad a quienes todos consultaban y seguían sus consejos. En este mundo rural de los años cuarenta y hasta bien entrados los cincuenta, y bajo la sombra de la violencia desatada por la muerte de Gaitán; se empezaron a tejer lo que más tarde serían las guerrillas, nacidas en la década de los sesenta en el interior del país, y que, gracias a la ineptitud del estado y las alianzas con el narcotráfico, aún persisten. Y aunque han pasado más de sesenta años, y los caminos y pueblos de Colombia se han manchado de sangre, la espiral de muertes no cesa; ya que a las guerrillas se les suman otros grupos y clanes, que también contribuyen a que, a esta escalada infernal, no se le vea un punto final. Después de tantas historias y de aguas pasando por debajo del puente de la turbulenta historia colombiana, un exguerrillero está en la presidencia, elegido democráticamente; tiene sus defensores y también no le sobran sus detractores, esto es lo habitual en el mundo político; lo que no es habitual y a ojos vista está, es el discurso manido y sesentero que el actual mandatario se empeña en usar, como si todavía estuviera en el monte agitando las banderas de la subversión, y no se hubiera percatado que ahora es el presidente y que debe gobernar para todos. En cada discurso televisado del presidente, en sus eternos y fastidiosos consejos de ministros, pero, sobre todo en sus redes sociales; el mandatario destila toda su ideología fanática cargada de lucha de clases, tenencia de tierras; el señalamiento al empresario en contraposición con los empleados como si tuvieran que estar enfrentados siempre. El país, como nunca antes, se encuentra polarizado, dividido y sin duda alguna, el discurso incendiario del presidente tiene mucho que ver. Ese discurso divisorio y polarizador, cargado de odio falta a la verdad y al respeto de todos los colombianos que, lo único que quieren es, que los dejen vivir tranquilos, tener un trabajo estable que les de para vivir y progresar; habitar en entornos seguros para ellos y sus familias; poder tener un sistema de salud que los atienda cuando enfermen y que, cuando lleguen a viejos, tengan una pensión que les compense sus años de esfuerzo. Lastimosamente, y en menos de dos años, todo esto se ha ido perdiendo y ha sido remplazado por la zozobra y la incertidumbre. Colombia y los colombianos merecemos respeto.