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Opinión

Regiones del bien y del mal

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
19 de agosto de 2024

La libertad reside en la naturaleza, lejos de la degradación humana. Proteger el aire, el agua y la vida silvestre es proteger a la humanidad. El cambio es urgente.

Por José Arturo Ealo Gaviria En el campo o en los bosques reside la libertad. Aún existen regiones puras del aire donde no ha llegado la fuente de la degradación. El mundo está bien en esos lugares donde la presencia del hombre no logra turbarlos con sus miserias. Tienen el espíritu menguado por ansiedades. Sin embargo, hay quienes se animan de deseos, de pasiones tan vivas como el aire que respiran, tan ardientes como el sol que ilumina esas regiones. Cada región nutre un pueblo que se le parece. Siglos y siglos de civilización a orillas de los ríos volvieron diestros a los hombres para nadar como peces y furiosos para atacar cuál alimaña del agua. La familiaridad con los bosques los volvió silenciosos como el vuelo de los búhos, sigilosos como las serpientes y tácitos como los fulgores del cosmos. La vida en las llanuras los hizo férreos y pacientes como los abrojos. En la selva les dio la versatilidad de los monos en los árboles. Los hizo capaces de ver un mundo de hormigueo, de color y de sonidos allí donde otros solo ven monotonía y silencio. Sucede que la tierra ama nuestras pisadas, y teme nuestras manos. Hasta que no cesemos de dañar a otros seres vivos, somos aún salvajes. El amor por todas las criaturas vivientes es el más noble atributo del hombre. Los planes para proteger el aire y el agua, lo salvaje y la vida silvestre, son de hecho planes para proteger a la humanidad. Una civilización se puede juzgar por la manera como trata a sus animales. Hay suficientes en el mundo para cubrir las necesidades de todos la especie, no para satisfacer su codicia. Sin embargo, el hombre lleva otro paso, otro anda: hacia la tierra y el desborde de los cataclismos. Da grima pensar que la naturaleza habla mientras el género humano se hace el sordo. Una vez se agote el agua en el planeta, ni siquiera habrá lágrimas para lamentarnos. Los océanos treparán con ira sobre las costas. Los ríos inundarán regiones. Los cráteres resoplarán soberbios. Caerán lluvias de aguas gigantes. La nieve cubrirá lo no esperado como nunca. Las explosiones de fuego abrasarán todo, los suelos se resquebrajarán, ascenderán columnas de humo. La piel de los hombres fatigados se desprenderán, sus huesos vivientes buscarán la muerte que no será: la hora de horror habrá ordenado todo. Decidámoslo: o cambiamos de conducta o nos vamos del planeta.