
Reflexiones para ateos

El partido Colombia vs. Brasil, tras el secuestro del padre de Lucho Díaz, desató reflexiones sobre la fe. Dos goles épicos dieron alegría a un país, ¿fue una retribución divina?
Por Ismael Guerra de la Ossa Quienes son ateos por convicción filosófica y los que dicen serlo, no por esa razón sino por lambonería ideológica, deberían reflexionar seriamente sobre el mensaje que les dejó lo acontecido el pasado 16 de noviembre con respecto al partido Colombia vs. Brasil en el marco de las eliminatorias para el Mundial de Fútbol a celebrarse entre el 9 de junio y el 19 de julio de 2026 en Canadá, Estados Unidos y México. Ciertamente, el episodio estuvo antecedido por un hecho dramático que conmovió las fibras más íntimas de los colombianos pues se trató de un secuestro absurdo cometido por el Eln cuya víctima fue el padre de Lucho Díaz, una figura deportiva de talla internacional, quien padeció lo indecible en tierras europeas tras el drama sufrido en La Guajira por su papá "Mane" Díaz que estuvo en poder de sus captores durante 13 interminables días transitando a pie y a veces a loma de mula por territorios inhóspitos y con la muerte respirándole en la nuca. Sin duda, los padecimientos de padre e hijo fueron de tortura y amargura inenarrables y debían tener una recompensa divina pues quienes somos creyentes sabemos que no hay sacrificio que no tenga su retribución de lo alto y a la medida de lo que se sufre. Y así ocurrió. La Divina Providencia hizo posible que Lucho Díaz realizara una hazaña de marca mayor. Dos goles de extraordinaria factura futbolística en menos de 4 minutos y nada menos que a Brasil remontando un marcador adverso, reafirmando el invicto de Colombia en estas eliminatorias y, sobre todo, dándole a nuestro país momentos de alegría y jolgorio inmensos tan necesarios en situaciones de tanto pesimismo y de tantos nubarrones que se ciernen en el horizonte patrio. Y lo mejor fue que Lucho tenía a su padre y a su familia en las gradas del Metropolitano donde pudieron disfrutar a plenitud de algo inédito en la historia futbolística colombiana. Fue la recompensa debida que le prodigó el Creador a una familia que acababa de sufrir lo indecible por un delito tan atroz como el secuestro, calificado de lesa humanidad por el Derecho Internacional Humanitario. Indudablemente, hechos como estos inducen a pensar, quiérase o no, en la existencia de un ser superior. Allá los ateos por convicción filosófica o por lambonería ideológica si lo quieren aceptar o no.