
Recordar la muerte

Un vuelo a Bogotá desde Cartagena casi termina en tragedia por una tormenta. Médicos, entre ellos un decano, vivieron momentos de pánico tras el lanzamiento de una vacuna.
Por Álvaro Bustos González* El domingo pasado (27 de octubre) algunos parroquianos estuvimos a punto de pasar a mejor vida. Con un grupo de egresados de nuestro posgrado en pediatría y tres de quienes eligieron subespecializarse en infectología pediátrica, fuimos invitados por Glaxo Smith Klane al lanzamiento, en Cartagena, de una vacuna contra el meningococo del grupo B, una bacteria que se había considerado pobremente inmunogénica y que, entre otras infecciones, puede producir meningitis y sepsis fulminante. El evento había transcurrido sin tropiezos, aunque es notorio que hoy, debido a las modas, los gustos y los likes, los conferencistas tienden a jugar un poco con la sobriedad y se dejan llevar por un ánimo youtubero que, a mi juicio, desluce la presentación porque, a veces, lo fútil parece atractivo, y esto determina que lo esencial quede recluido en un ámbito gris de confusiones y sesgos conceptuales, so pretexto de que el auditorio, con cierta sonrisa en los labios, apruebe lo dicho sin mayores reflexiones críticas. Ese domingo salimos de Cartagena de Indias hacia Bogotá a las dos de la tarde. Un rato después, llegando a Montería a la hora de la lechuza, aparecieron nubarrones, truenos, centellas y turbulencias inusitadas que sacudieron al aparato como una brizna de metal zarandeada por un huracán. Un niño entró en pánico y lloró desconsolado, mientras el resto de los pasajeros guardaba un pudoroso silencio, solo azuzado por el miedo silencioso a la muerte. La capitana del vuelo, llevada por un hado compasivo, optó por tomar el rumbo de Cartagena, de donde habíamos salido seis horas atrás. Era como volver a empezar. Hubo que esperar un nuevo avión con otra tripulación, porque los horarios de las tripulaciones son inflexibles, que llegó a la medianoche para llevarnos nuevamente a Bogotá, donde aterrizamos a las dos menos cuarto de la madrugada. Algunos pasajeros habían decidido irse por tierra de Cartagena a Montería; otros, en el albor bogotano, fuimos remitidos a un hotel cercano a El Dorado a descansar una hora, mientras que Rafael Grandeth y su esposa Patricia, que venían de Santiago de Chile, y la pediatra Eliana Ocampo, que estaba en el lanzamiento de la vacuna, no pudieron dormir porque ya no había habitación para ellos. Los tres, sin embargo, le agradecieron a la capitana que hubiera tomado la decisión de virar hacia Cartagena cuando la tormenta arreciaba y la noche estaba oscura como un túnel de la muerte. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.