
Recordando a Fidel

Los impolutos (intachables, irreprochables, impecables y virtuosos), que se van a avistar ballenas en Nuquí en época de graves decisiones democráticas, van a tener que esperar hasta después de la elección presidencial, que será el próximo 21 de junio, porque las jorobadas que salen de la Antártida a aparearse en el Pacífico colombiano llegan entre julio y noviembre, de modo que esta vez les tocará buscar otro pretexto para esconder su necia supremacía moral.
Convertidos en dioses de sí mismos, creyendo que su mundo, en el que solo vale su autopercepción y autocomplacencia, es un ejemplo de honestidad y decoro, superior al del resto de los mortales, dimiten de sus responsabilidades, bien desdeñando los valores de la libertad o bien anhelando en silencio el triunfo de los enemigos de dicha libertad, que, como es sabido, constituye el valor moral por excelencia del ser humano. Recuerdo que en pleno furor de la Revolución cubana, hoy hecha añicos por sus inepcias y abusos, Fidel Castro promulgaba a los cuatro vientos una insignia concluyente: "Todo dentro de la revolución; nada fuera de ella". Enterrados el dictador y su fastidiosa verborrea, y atestiguando con el tiempo el rotundo fracaso de sus delirios, que solo sirvieron para la esclavitud y la pobreza, traigamos a cuento su apotegma y démosles un sentido verdaderamente liberador a sus palabras: "Todo dentro de la democracia; nada fuera de ella", con el propósito de advertir con claridad qué se va a definir para Colombia el próximo 21 de junio. Enredados en las necedades habituales, divagando sobre la forma y no sobre el fondo de las cosas, que es una de las características de nuestra idiosincrasia, se nos va la vida interpretando no lo que la gente dice y hace, ni cómo lo dice ni por qué lo hace, sino a partir de lo que le atribuyen, y así se pretende que las grandes decisiones se tomen con base en habladurías de costurero (machismo, misoginia y homofobia salidos de contexto, por ejemplo, solo para demeritar al adversario) y no teniendo en cuenta el riesgo real del destino colectivo, que, para el caso que nos ocupa, no es otro que la disyuntiva entre democracia o totalitarismo, libertad o tiranía. Esos centavitos que los demagogos y populistas dejan caer en sus bolsillos, estimados lectores, son la soga con que posteriormente serán ahorcados.