
Realismo sorprendente

La vida, con su constante sorpresa y realismo mágico, se manifiesta en sucesos cotidianos. Un encuentro culinario en Sucre revela la magia del mote de queso, seguido por un trágico suceso con una vieja escopeta.
Por José Arturo Ealo Gaviria Si la vida no captara lo fantástico sería aburrida. Incomprensible. Ella misma busca los diversos medios para sondear la realidad de las cosas. Revela que estamos controlados por fuerzas o hilos invisibles del universo. Siempre nos rodea la sorpresa. Se anuncia en lo más sencillo: el día que amanecemos. Y a diario nos sorprendemos con hechos que impresionan nuestros sentidos, como decir que después de San Marcos (Sucre) y sus poblaciones circunvecinas vienen territorios del Realismo mágico. Sin embargo, el mundo está formado por hechos y seres confabulados en situaciones inusitadas: chocantes o jocosas, como sucedió hasta hace poco. Un grupo de rolos fueron invitados a pasarse unos días a la Perla del San Jorge. Un fin de semana almorzaron el tradicional y suculento mote de queso prolongándose entre música vallenata, porros y el espíritu del licor para seguir creyendo que se necesitaba brindar hasta al amanecer del día siguiente. Alguien que llegó mucho rato después y de perderse el opíparo manjar, a primeras horas del día siguiente propuso ir al mercado buscando algo para "mascar". Ya estaban "mordidos de puerco". Encontraron a una señora que vendía peto en una mesa. Cuando estaban alrededor de ella y le fue a servir peto a uno de los invitados bogotanos, confundido y por características similares a las del mote de queso expresó: "Sumercé, el mío me lo sirve con bastante queso por encima, que ese mote de ayer me ha dejado embrujado, ¡ala!" ¡Fenomenal!, por el sabor apreciado del mote. ¡Sorpresivo! ¡Hilarante!, por quedar ese ambiente divertido que se vive a diario en esta población del Caribe colombiano en su realismo sorprendente. Hasta hace pocos años, en uno de sus corregimientos: Las Flores, ombligo de narraciones inverosímiles, una escopeta vieja de la Guerra de los Mil Días, en mal estado y oxidada servía de tranca en una puerta. Se caía. La tiraban al suelo. La arboleaban con rabia cuando le caía a alguien en el dedo. Cierto día, cuando un niño perseguía a otro, apuntándole con ella y que "las armas las carga el diablo", accionó el gatillo. Segó la vida de su compañero. Cosas. El destino. Hay caminos que están llenos de sorpresas. Nadie está preparado cuando llegan: dichosas o sombrías. Hace parte de la experiencia, pero no se sabe cómo, cuándo y dónde pueda ocurrir en cualquier lugar de nuestra costa. Es el realismo sorprendente al que no se puede evadir.