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Opinión

Radiografía del dolor

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
15 de junio de 2026

Ojos tristes, rostros pálidos, huellas de dolor y cansancio que la enfermedad no esconde. Pacientes, en una silla de la sala de espera, recibiendo tratamiento oncológico. Ancianos con sonda o conectados a una bolsa con un líquido que entra a su corriente sanguínea. Niños, sobre las piernas de sus madres, para no sentir miedo. Y casi todos cargando una bolsa plástica, un morral o una vieja maleta con una pijamita y una muda para cambiarse y regresar a casa.

Los acompañantes hablan entre ellos. Los enfermos cierran los ojos, dormitan u observan la tragedia de sus vecinos. Comparten eso a lo que los somete el sistema de salud en un país donde la sanidad tocó fondo. Un sistema que publica el dinero que gira a clínicas y hospitales, pero no incluye la lista de aquellos que por su culpa, permisividad, truculencia y voracidad desaparecen con el silencio de la muerte. La imagen es de un hospital de guerra. Cada quien batalla contra la enfermedad o la muerte. Para sanarlos no se requieren drones de ataque unidireccionales, misiles de precisión, aviones de combate furtivos, artillería pesada y sistemas de infantería. Tampoco poniendo en manos de incompetentes las prestadoras privadas de salud, limitando la entrega de medicamentos o con funcionarios que creen que peleando se trabaja mejor. Aquí -y ya- lo que se necesita y, por favor, me perdonan, es un hijueputa corazón, sensible, que se sintonice con los que sufren, que sienta por un segundo el padecimiento de otros, ¡humano! Estoy hablando de la salud del cuerpo. La del alma, la de la mente, tiene otra forma de mirarse, es más rudimentaria y se esconde detrás de muros, sin pasar por un cedazo que diferencie entre la depresión y la disminución o pérdida de herramientas para responder a los desafíos de la vida. O, como las define la Organización Mundial de la Salud: "afecciones que alteran de forma sostenida el pensamiento, las emociones, el estado de ánimo o el comportamiento de una persona". No es, como pobremente se piensa, que sea ausencia de cordura, locura. Es presencia de angustia, de dificultades del diario vivir o de adaptarse al entorno. Y sus causas dependen de lo que enfrentamos cada día: genéticas, rasgos de la personalidad, pobreza extrema, violencia, desigualdad, discriminación. Sobran. Pese a los esfuerzos, falta bastante por hacer por la salud mental de todos. En medio de esta tragedia y en busca de un gran corazón, vale destacar la labor de los trabajadores de la salud: la mística, la entrega, las redobladas tareas de médicos, enfermeras y enfermeros, auxiliares, laboratoristas, centros de imágenes, personal de aseo. Son los que no reciben estrafalarios pagos ni gabelas. Los que se sacrifican. Cuánto falta agradecerles. Al próximo gobierno: hay que parar. Darle salud al sector. Sin tropeles con EPS y acabando la corrupción. Hay que deslindar a la clase política y sus familias de la prestación de ese servicio. Que sean políticos o sean inversores de un negocio próspero. Juntos son un cóctel mortífero.